Crónica de un viaje a pie por la comarca valenciana del Alcalatén, entre pueblos, personajes cotidianos y el contraste entre la industria cerámica y el mundo rural que va desapareciendo.
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Crónica de un viaje a pie por la comarca valenciana del Alcalatén, entre pueblos, personajes cotidianos y el contraste entre la industria cerámica y el mundo rural que va desapareciendo.
El libro recoge el relato en primera persona de una travesía a pie por la comarca del Alcalatén, en el interior de Castellón, y por tres poblaciones vecinas del Maestrat —Atzeneta, Benafigos y Vistabella— que hoy comparten demarcación administrativa con aquella antigua tinença señorial. El autor explica de entrada, a modo de introducción, el porqué del título elegido y las razones históricas que justifican reunir bajo un mismo nombre pueblos de dos jurisdicciones distintas, y reivindica su propósito: no escribir un ensayo erudito ni una guía exhaustiva, sino practicar la literatura de viajes como ejercicio de libertad, apoyado en la observación pausada y en el gusto por la anécdota, tal como la reivindicaba Josep Pla a propósito de la pintura de Vermeer.
El relato arranca en l’Alcora, donde la llegada al pueblo se produce a través de un polígono industrial de fábricas de azulejos antes de alcanzar el casco antiguo. Allí, la búsqueda de alojamiento conduce a la casa de una patrona conocida popularmente por un apodo heredado de su madre, y de ahí a un hogar de jubilados donde una mujer que quedó viuda joven ofrece la mejor comida del pueblo y confidencias sobre su vida. El itinerario se detiene también en la historia de la manufactura de loza y porcelana fundada en el siglo XVIII por los condes de Aranda, en su decadencia y en su renacimiento reciente de la mano de artesanos locales, así como en el contraste entre ese pasado artístico y la pujante industria taulellera actual, que sostiene económicamente a toda la comarca y frena el éxodo de los jóvenes.
De pueblo en pueblo —Costur, la Foia d’Alcalatén, las Useres, Xodos, Llucena, Figueroles— el relato se detiene en escenas mínimas: hombres que escrutan la calle desde la sombra de un bar, carteles pintados con denuncias vecinales, camareras que estudian y trabajan sin descanso, castillos en ruinas que dan nombre a la comarca, la sequía que impone turnos de riego, y encuentros casuales que se convierten en citas concertadas para etapas futuras. El libro se construye así como un mosaico de estampas cotidianas y de conversaciones con la gente del lugar, más que como una descripción sistemática del territorio, y deja constancia del paso de un paisaje agrario y despoblado a otro transformado por la industria, sin perder por ello su carácter y su memoria.
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