Tras seis años en la cárcel, Jacob Walters regresa a Hannibal con un solo plan: vender la casa de su madre difunta y desaparecer río abajo. Pero la ciudad que dejó atrás ha cambiado, y los amigos a los que decidió olvidar —Noah, Emma y un…
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Tras seis años en la cárcel, Jacob Walters regresa a Hannibal con un solo plan: vender la casa de su madre difunta y desaparecer río abajo. Pero la ciudad que dejó atrás ha cambiado, y los amigos a los que decidió olvidar —Noah, Emma y un joven Samuel Clemens al que todos llaman Twain— siguen ahí, con la cuenta pendiente.
Una mañana de verano, un carruaje deja a Jacob Walters en Hannibal, Misuri, después de seis años entre los muros de la prisión The Walls. El aire huele a río y a hierba, el cielo es de un azul casi irreal, y la ciudad ha dejado de ser el pueblito que él recordaba: dos mil habitantes, tenerías, negocios en construcción, jóvenes que se marcharon a California tras el oro y volvieron con los bolsillos llenos. Jacob no ha vuelto para quedarse. Lleva en el bolsillo la llave de la casa de su madre muerta y una dirección apuntada en un papel doblado: una compañía naviera en Nueva York donde, le prometieron, le darán trabajo. El plan es simple —vender, cobrar, irse— y está construido sobre una convicción que repite como un rezo: si no quiere a nadie, nadie podrá hacerle daño.
La novela avanza en dos tiempos que se rozan continuamente. En el presente, un hombre joven que todavía no sabe cómo comportarse cuando lo llaman «señor» recorre calles que reconoce a medias, evita el juzgado donde ejerce el juez que lo condenó y encuentra la casa familiar convertida en ruina: maleza, tablas podridas, polvo de dos dedos y, colgada sobre la chimenea, la vara con la que su madre le pegaba. En el pasado, dos niños de once y doce años —Jacob y Noah Growney— pescan en la orilla del Mississippi, sueñan con vapores gigantescos y campanas que se oigan a millas, roban tomates verdes, pisan las canicas de la banda de Chad Spencer y huyen entre callejuelas sintiéndose más vivos que nunca. En esas escenas está todo lo que el adulto ha decidido enterrar: Emma, la hermana de Noah, de tirabuzones rubios, a la que Jacob es incapaz de declararse; las palizas de una madre a la que el abandono del padre volvió amarga y alcohólica; y un chico enclenque y triste, sentado en una acera con un libro de barcos en el regazo, llorando porque su padre se muere.
El reencuentro llega antes de lo que Jacob quisiera. Twain —ahora impresor itinerante, con pajarita y traje negro, con el porte de quien ya no teme a la muerte— aparece en el umbral, pide entrar y responde con un puñetazo. Lo que sigue no es solo una pelea: es la factura. Twain le enumera lo que su condena costó a otros —el alcohol de Noah, su matrimonio a punto de romperse, un hijo que es como si no tuviera; la boda de Emma con James Hickok, el hijo del juez— y le dice a la cara lo que él nunca ha querido oír: que fueron a verlo, que llegaron tarde, que no hay marcha atrás.
Lo que queda es un hombre arrodillado en el suelo de una casa vacía, descubriendo que la rabia que repartió entre los suyos era rabia contra sí mismo. Y una elección: subirse al primer vapor y cumplir el único sueño que le sobrevive, o quedarse a averiguar por qué Emma se casó con quien se casó. Narrada con la voz de la América fluvial de mediados del siglo XIX —vapores fantasma, barberos que gritan, brujas invocadas en las crecidas, esclavos por todas partes—, la obra construye un relato de amistad, culpa y regreso donde el Mississippi es a la vez promesa de huida y única casa posible.
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