En «A mi manera», la periodista Elizabeth Fuentes sigue durante varios días a Boris Izaguirre por Madrid y convierte esa convivencia en una conversación extensa sobre su vida, su oficio y su personaje público.
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En «A mi manera», la periodista Elizabeth Fuentes sigue durante varios días a Boris Izaguirre por Madrid y convierte esa convivencia en una conversación extensa sobre su vida, su oficio y su personaje público. El libro alterna la crónica de un famoso perseguido por las cámaras con un interrogatorio paciente sobre la infancia caraqueña, la dislexia, la familia, el exilio profesional en España y el precio de vivir instalado en la exposición permanente. Publicado por Editorial CEC dentro de la colección Conversaciones de El Nacional, es a la vez retrato de un venezolano fuera de Venezuela y examen del país que lo formó.
Elizabeth Fuentes llega a Madrid con una advertencia previa de su entrevistado: «Te vas a obstinar de mí». Lo que sigue son varias jornadas de seguimiento continuo —un rodaje documental sobre migración en el Museo de América, dos horas de gimnasio, una tertulia radiofónica sobre la elección del nuevo Papa, una entrega de premios que termina de madrugada— durante las cuales la periodista intenta atravesar las capas del personaje. Boris Izaguirre asegura estar habitado por seis Boris distintos; la autora constata que el paso del intelectual a la vedette y de la vedette al provocador ocurre sin costuras visibles, y que el humor y la ironía funcionan como escudo tanto como como estilo.
La primera parte del libro es crónica pura. Fuentes registra el fenómeno físico de caminar junto a alguien a quien media ciudad detiene: obreros, basureros, dependientes, prostitutas de la calle Montera, la nieta de una duquesa. Documenta la rutina obsesiva —el mismo restaurante, el mismo plato—, la disciplina del peso impuesta por la televisión, la casa del barrio de Salamanca con arte cinético venezolano en las paredes y Warhol en la biblioteca. Y anota, casi al pasar, las dos frases que sostienen todo el retrato: «El día que no me pidan una foto, me muero» y «A veces creo que no me ven como a una persona».
El cuerpo central son las conversaciones propiamente dichas, organizadas en capítulos que llevan por título las declaraciones más filosas del entrevistado. Allí Izaguirre reconstruye al niño prodigio insoportable que citaba a Shakespeare en las cenas ajenas, la advertencia temprana de José Ignacio Cabrujas —que terminaría siendo animal de circo, y que también le abrió la puerta al oficio televisivo—, unos padres de izquierda desbordados por un hijo que no encajaba en ningún plan, la señora que los crió y ponía los pies en la tierra, la expulsión del liceo por razones políticas y el bachillerato terminado fuera del país. El pasaje más desnudo del libro es el de la dislexia: el recuerdo de su madre dedicando horas a que aprendiera a trazar un círculo lo interrumpe en mitad de la respuesta.
Sobre la etapa española, el relato va del primer trabajo en la televisión gallega a las dos semanas del golpe de 1992, al descubrimiento de la palabra «sudaca», al amparo de la familia Bosé y al punto de quiebre que significó «Crónicas Marcianas». De ahí en adelante la conversación se abre a Venezuela vista desde lejos, a la frivolidad como diagnóstico nacional, a la corrupción, a la muerte de Chávez leída desde una columna de prensa, y a la incomodidad que le produce ser llamado talentoso.
El resultado no es una biografía autorizada ni un ajuste de cuentas. Es el registro de un pulso: una entrevistadora que insiste en la pregunta incómoda y un entrevistado que se defiende con lengua, con chiste y con misterio, y que ocasionalmente baja la guardia. Integrado en la colección Conversaciones de El Nacional —concebida por Simón Alberto Consalvi y Diego Arroyo Gil como archivo de voces venezolanas—, el libro sirve además a un propósito mayor: usar una trayectoria personal excéntrica para pensar la identidad, la migración y las dos orillas de un mismo idioma.