Un breve tratado del siglo IV en el que Basilio de Cesarea aconseja a los jóvenes cristianos cómo leer a los autores griegos paganos: acogiendo lo que forma el carácter y descartando lo demás, igual que las abejas eligen entre las flores.
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Un breve tratado del siglo IV en el que Basilio de Cesarea aconseja a los jóvenes cristianos cómo leer a los autores griegos paganos: acogiendo lo que forma el carácter y descartando lo demás, igual que las abejas eligen entre las flores.
Escrito hacia los años 370-375 y dirigido en tono familiar a un grupo de muchachos —entre ellos sus propios sobrinos— que asistían a la escuela de gramática, este opúsculo del obispo de Cesarea aborda una tensión que atravesó todo el siglo IV: qué hacer con Homero, Hesíodo, Platón y los oradores cuando la fe que se profesa no es la de ellos. La respuesta de Basilio no es la ruptura ni la sumisión, sino el discernimiento. El lector, viene a decir, no debe entregar a esos autores el timón de su entendimiento, pero tampoco cerrarles la puerta: ha de aprender a tomar lo aprovechable y dejar de lado lo demás.
El argumento avanza por dos vías. La primera examina qué escritos profanos pueden servir a la vida interior, situándolos como ejercicio preparatorio: sombras y espejos con los que el ojo del alma se entrena antes de mirar la luz directa, como quien se acostumbra a contemplar el sol reflejado en el agua. La segunda recorre conductas y anécdotas de la vida pagana dignas de imitación, y con ellas la exigencia de mesura, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y el ejercicio real de la libertad de elegir. Basilio ofrece criterios concretos: acoger las palabras y acciones de los hombres excelentes, taparse los oídos como Odiseo ante las Sirenas cuando aparecen personajes viles, desconfiar de la retórica que enseña a engañar, no aplaudir los relatos de dioses en discordia. La virtud es el eje de todo: por eso cita el camino escabroso de Hesíodo, que se vuelve llano una vez alcanzada la cumbre, y lee la epopeya homérica como un elogio del valor moral, con Odiseo náufrago vestido tan solo de su propia dignidad.
Dos imágenes concentran el método. La abeja, que no se posa en todas las flores ni se lleva todo de aquellas en que se posa. Y el rosal, del que se recogen las flores esquivando las espinas. Redactado en un griego aticista de estilo claro y medido, con la huella de Platón y de Plutarco pero con acento propio, el texto se apoya en precedentes como Moisés formado en las ciencias egipcias o Daniel en los saberes caldeos.
La fortuna posterior de estas pocas páginas fue desproporcionada respecto a su extensión. Copiado con profusión en Bizancio desde el siglo IX, conservado en cerca de un centenar de manuscritos, fue la primera obra de Basilio impresa —en la versión latina de Leonardo Bruni, hacia 1470— y circuló en decenas de ediciones europeas antes de 1500, incluida la que preparó en Alcalá el Pinciano en 1519. El Renacimiento lo leyó como un elogio cristiano de la cultura clásica; la crítica moderna ha insistido más en su fondo ascético. Entre ambas lecturas se mantiene lo esencial: la defensa de que los antiguos merecen un lugar en la formación por razones éticas, y de que el joven ha de salir de esa lectura con criterio propio.
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