En un puente transbordador sobre la desembocadura del Tees, un hombre comparte un cigarrillo con un desconocido y lo ve saltar al vacío. En lugar de pedir auxilio, se sienta al volante del coche que aquel ha dejado abierto y se deja guiar…
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En un puente transbordador sobre la desembocadura del Tees, un hombre comparte un cigarrillo con un desconocido y lo ve saltar al vacío. En lugar de pedir auxilio, se sienta al volante del coche que aquel ha dejado abierto y se deja guiar por el destino ya fijado en el navegador. Así arranca esta novela sobre un físico convertido en operario nuclear que, harto de una vida que no reconoce como suya, decide habitar la identidad de un muerto.
Jesús fue profesor de Física Cuántica hasta que un fondo de capital riesgo compró su universidad y convirtió su asignatura en un lujo prescindible. Ahora encabeza una cuadrilla itinerante que limpia las entrañas de centrales nucleares por media Europa, bromea sobre «microondas» con sus compañeros y duerme en pensiones de las afueras, en pueblos donde los pubs arden dos veces y las gasolineras se han fortificado como castillos con guardias armados. Una mañana de marzo, camino de la nueva Hartlepool, comparte la góndola del puente transbordador con Krzysztof Sobolewski, un polaco de traje y coche de alquiler que le pide fuego, murmura una frase sobre lo poco y lo mucho que tienen en común dos desconocidos, y pasa una pierna y luego la otra por encima de la barandilla.
De ese instante el narrador recuerda cuatro dedos aferrados al acero y cuatro regueros de sudor que la brisa secó antes de llegar a la otra orilla. No grita, no se asoma, no media: entra en el coche, cierra la puerta y obedece a la voz del navegador, «profeta vía satélite» dispuesta a ocuparse de su porvenir. Con el pasaporte, la cartera, el teléfono y la maleta de otro hombre, empieza a ensayar una firma, un acento y una biografía ajenos, mientras reconstruye a su dueño a partir de mensajes sueltos: una mujer que se despide para siempre, otra que celebra un viaje, un socio que avisa de qué banco van a intervenir, una confesión de presión y desastre.
La fuga hacia el sur avanza en paralelo a un inventario íntimo de lo que deja atrás: Inghild y su nebulosa de sueños rotos, el hijo recién nacido ante el que no supo sentir nada —una nostalgia de lo que nunca se ha tenido, un miembro doblemente fantasma—, las tardes que no encontraban el camino de vuelta a casa, una tutoría telemática que degeneró en ridículo y un despido despachado en quince minutos. El relato alterna así el presente de la suplantación con la crónica de una deserción que empezó mucho antes del puente.
Alrededor, un mundo reconocible y apenas desplazado: la lectura se ha extinguido como por contagio, los microrrelatos se deslizan por las pantallas del transporte público y solo los mendigos exhiben libros, uno de ellos capaz de recitar de memoria a un caballero que reclama volver a su antigua libertad. Sobre ese fondo de industria en ruinas, energía «limpia» y vigilancia amable, la novela plantea sus preguntas centrales con una prosa exacta y de humor sombrío: qué queda de un hombre cuando se le retiran el oficio, el afecto y el nombre, y si empezar de cero es una forma de salvación o simplemente la manera más lenta de desaparecer.
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