Barcelona, marzo de 1978. Un telegrama de siete palabras basta para activar a George Vargas, un joven agente estadounidense de raíces españolas que hasta ese momento vivía cómodamente instalado en su tapadera de estudiante.
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Barcelona, marzo de 1978. Un telegrama de siete palabras basta para activar a George Vargas, un joven agente estadounidense de raíces españolas que hasta ese momento vivía cómodamente instalado en su tapadera de estudiante. Con la cuenta atrás en marcha, acude a la cita con sus superiores y descubre que la primera prueba no está fuera, sino dentro de la casa que lo espera. Novela de espionaje de tono íntimo, donde la tensión nace del interrogatorio, la lealtad dividida y una herida familiar que viene de la Guerra Civil.
Todo empieza con un mensaje breve y una lista aprendida de memoria. George Vargas ha sido entrenado para reconocer la señal, ejecutar diez pasos en orden inverso y salir de su apartamento cuatro horas después sin levantar sospechas. Lo que el manual no previó es el temblor: el sudor frío, la garganta seca, la voz del instructor repitiéndole que el miedo se combate con raciocinio y no con alcohol. A sus veintisiete años, George se sabe una inversión cara y aún no probada, un hombre que ha estudiado la profesión sin haberla ejercido nunca.
El relato lo sigue durante unas pocas horas decisivas de un día gris y húmedo en Barcelona: la despedida áspera de Laura, la estudiante de veinte años cuya mezcla de sensualidad, teorías sobre el poder de la mente y curiosidad inagotable lo desconcierta tanto como lo retiene; el trayecto en coche hasta un chalet modernista rodeado de cipreses; y el encuentro con William Stevens, veterano de tres décadas de servicio, y con Pedro, el hombre silencioso que lo observa desde el fondo de la sala. Lo que allí ocurre es una emboscada psicológica: insultos calculados, una ternura igual de calculada, un analizador de tensión vocal que registra en una tira de papel cuánto hay de verdad en cada respuesta. George no sabe si está siendo evaluado, humillado o preparado, y la ambigüedad es exactamente el punto.
Bajo la trama de oficio late un conflicto de identidad. George se declara estadounidense sin vacilar, y lo es en la cortesía, la disciplina y el método; pero por dentro lo habita una segunda planta —así la imagina— hecha de historia española: unos padres exiliados que evitan hablar de la guerra, un tío muerto en Mauthausen, y el nombre de un hombre, Antonio Carrasco Gómez, que se cruzó con su madre antes de que las elecciones del treinta y seis partieran el mundo en dos. Esa deuda no cerrada convive con el temor concreto y presente de que la Compañía le exija algo que su contrato no contempla: matar, sabotear, secuestrar.
Escrita con un castellano vivo, salpicado de anglicismos y de una ironía que no perdona a ninguno de sus personajes, la novela alterna el monólogo interior con diálogos de filo cortante. El resultado es un retrato del espionaje sin glamour, hecho de listas, jerarquías gastadas, hombres enfermos que ya no creen en sus propios métodos y un recién llegado que descubre que la primera misión consiste en averiguar de qué está hecho él mismo.
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