Agosto de 1999. Oriana, publicista madrileña de veintidós años, sale de una relación rota y se sube a un avión rumbo a Yucatán con su amiga Celia y quince días por delante.
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Agosto de 1999. Oriana, publicista madrileña de veintidós años, sale de una relación rota y se sube a un avión rumbo a Yucatán con su amiga Celia y quince días por delante. Una maleta confundida en la cinta de equipajes del aeropuerto de Mérida la cruza con Teo, guía turístico de sonrisa fácil y una historia familiar más complicada de lo que aparenta. Novela romántica de viaje, narrada en primera persona y en presente, sobre la posibilidad de que unas vacaciones sirvan para algo más que descansar.
El despertar es un teléfono que no calla, un café bebido de pie y una maleta hecha a última hora. Así arranca el verano de Oriana —Ori para quienes la quieren—, publicista en Madrid, hija mayor de un trío de hermanas y superviviente reciente de una ruptura que aún le escuece. Después de dos años ahorrando, ella y su amiga Celia tienen billetes para México y quince días seguidos de vacaciones, un lujo que Oriana llevaba años sin permitirse. Celia se ha negado a planificar nada más allá del hotel y el transporte: prefiere improvisar, y Oriana, agotada, se deja llevar.
El viaje se cuenta con el detalle de quien lo está viviendo: el arco de seguridad que siempre pita, el Boeing que a Celia le parece un hotel, las once horas de vuelo entre siestas y películas antiguas, el trasbordo hasta Mérida. Y entonces, en la cinta de equipajes, una maleta con el puente de Brooklyn estampado y dos manos que la agarran a la vez. La de Oriana y la de un desconocido con acento mexicano que, para su bochorno, tiene razón: la maleta es suya. El malentendido se cierra con una disculpa y una despedida cortés, pero la ciudad es más pequeña de lo que parece.
Mérida se despliega como una segunda protagonista. El Paseo de Montejo a la sombra de los árboles, la catedral más antigua de México continental, el Zócalo con sus palomas y su gente inmune al calor, un carrito de helados donde Oriana descubre que allí a los polos se les llama paletas —y descubre también, otra vez, al dueño de la otra maleta—. Teo resulta ser guía del autobús turístico, y lo que empieza como una excursión compartida con un matrimonio argentino y una pareja en luna de miel termina en una comida yucateca —sopa de lima, cochinita pibil, papadzules— y en una escapada en moto a Sisal: un callejón sin salida que desemboca en el mar, café de olla con canela y tequila, un faro entre dunas, una treintena de flamencos y la puesta de sol más bonita que Oriana ha visto nunca.
Después vienen seis días de silencio. Oriana y Celia siguen recorriendo pueblos, playas y las ruinas mayas de Chichén Itzá, pero algo se ha torcido: ella no quería que nadie volviera a gustarle, y menos así. Cuando Teo reaparece en la recepción del hotel —tras pasar el filtro nada sutil de Celia—, trae por fin una explicación. Es hijo de un hacendado tequilero, ingeniero agrícola formado en España y en pleno pulso con un padre que le costeó la carrera y ahora le retira el apoyo porque el chico no quiere heredar la hacienda. Trabaja como guía para no pedirle un peso.
La novela avanza hacia el cumpleaños de Oriana, que amanece con rosas, aroma a canela y una banda de mariachis que atraviesa el comedor del hotel cantando Las mañanitas con Teo entre ellos. Con humor coloquial, diálogo abundante y una voz narradora que se ríe de sí misma, el relato sostiene una pregunta sencilla y bien colocada: qué se hace con lo que empieza cuando la vuelta tiene fecha, y si un billete de regreso alcanza para deshacer lo vivido.
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