En el puerto de Charleston, la bióloga marina Kelsey Morgan está a punto de zarpar rumbo a dos semanas de investigación en el mar cuando descubre que el barco que ha alquilado viene con una condición que nadie le advirtió: su dueño.
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En el puerto de Charleston, la bióloga marina Kelsey Morgan está a punto de zarpar rumbo a dos semanas de investigación en el mar cuando descubre que el barco que ha alquilado viene con una condición que nadie le advirtió: su dueño. Jesse "J.J." Seward no cede el timón del Miss Santa Fe a nadie, y Kelsey no acepta órdenes de nadie. Publicada por Harlequin Ibérica en 1992 dentro de la colección Tentación, esta novela de Donna Carlisle —traducción de Cast Adrift— cruza el romance contemporáneo con la aventura marítima: un espacio reducido, una expedición científica largamente planeada y dos personas que se reconocen mutuamente como el error que más les apetece cometer.
Kelsey Morgan ha invertido un año entero en levantar esta expedición: fondos, permisos, equipo por valor de miles de dólares y concesiones que preferiría no haber hecho. Bióloga marina del pequeño Instituto Graphton, con título de patrón y certificado de submarinismo, ha peleado cada detalle del Proyecto Simba y da por descontado que será ella quien lleve el barco hasta las Islas Falpor. Apoyada en la barandilla del Miss Santa Fe, mientras la tripulación carga los cajones de instrumental, ve acercarse por el muelle a un hombre que parece salido de sus propias fantasías: curtido, desaliñado, de andar seguro. Lo cataloga en un segundo como estibador y se permite mirarlo con gusto. Minutos después descubre que es Jesse James Seward, dueño del barco, y que el contrato firmado con Seward Charters incluye, en la letra pequeña, al capitán.
Jesse tampoco esperaba lo que encontró. Aceptó el alquiler porque una cancelación de última hora amenazaba con hundir su negocio, y porque un instituto científico parecía un cliente inofensivo. Tiene una regla —nadie saca sus barcos sin él al timón— y una superstición sobre llevar mujeres a bordo, y en Kelsey ve exactamente el tipo de mujer que ha pasado la vida esquivando. Lo que sigue es un pulso continuo: la inspección del equipo, el sonar que él quiere desembarcar, los treinta segundos que ella le da para largarse, un contrato al borde del desgarro y una escena de bar en la que ninguno de los dos aparta la pierna ni la mirada.
Alrededor de esa tensión, la novela arma un entorno con textura propia. Dean, colega de Kelsey desde hace cinco años, con más aire de surfista que de científico, disfruta abiertamente del choque y sabe cuándo dejarlos solos. Craig, especialista en tiburones incorporado al equipo por decisión administrativa, aporta disertaciones que Jesse escucha a medias y una información que lo inquieta: el mar al que se dirigen es el de los animales que más teme. Detrás queda Bob McKenzie, el gestor del instituto que habla de presupuestos y que resulta ser viejo compañero de Marina del capitán, un detalle que explica el contrato y alimenta la sospecha de Kelsey.
Carlisle escribe la atracción como un problema logístico antes que sentimental: dos camarotes, un equipo cerrado, una misión con calendario y un intruso que no está dispuesto a rendir su autoridad. Bajo las réplicas afiladas y las etiquetas que cada uno le cuelga al otro —neandertal, amazona, tiburona— asoman biografías que se parecen más de lo que admitirían: un chico de Kansas que no vio el océano hasta alistarse y una mujer de San Diego que lleva diez años y seis trabajos buscando su sitio, ambos con la sensación de haber nacido en el lugar equivocado. La travesía apenas ha empezado cuando queda claro que el verdadero terreno de negociación no es el timón, sino todo lo que ninguno de los dos había planeado sentir.