Una mañana cualquiera se rompe a la cuenta de diez. Mientras un general ordena el inicio de una ofensiva que su propia conciencia le reprocha, en la ciudad señalada Leo, un niño de once años, desayuna con su madre y su hermano y espera el…
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Una mañana cualquiera se rompe a la cuenta de diez. Mientras un general ordena el inicio de una ofensiva que su propia conciencia le reprocha, en la ciudad señalada Leo, un niño de once años, desayuna con su madre y su hermano y espera el regreso de su hermana mayor. Horas después, el aula, el patio y las calles se han vuelto irreconocibles. «A la cuenta de tres», de Félix Villacís, narra una invasión desde la única perspectiva que no entiende sus razones: la de los niños que deben atravesarla.
Todo empieza con un conteo. En una base militar de paredes color madera y techo transparente, los oficiales apuran el café, ajustan los audífonos y esperan la orden. Doscientos aviones sobrevuelan un país vecino y la operación —vías de comunicación primero, después escuelas, hospitales y albergues— ha sido planificada al detalle. El general que la firma es un hombre viejo y cansado que sabe exactamente cuántas vidas inocentes va a costar y que, aun así, no detiene la cuenta regresiva. Su asistente le repite que aquí no hay tiempo para dudas.
A la misma hora, en la ciudad que aún no sabe nada, Leo despierta de una pesadilla en la que su madre ya no está. Tiene once años, un hermano mayor que lo llama enano, un perro llamado Raemal y un padre que da la bendición pero no conversa. Ese día su hermana vuelve de Estados Unidos después de mucho tiempo y en la casa hay pan tostado, café y una alegría inusual. Leo va a la escuela como siempre, se encuentra con Gus —su mejor amigo desde los cinco años— y se instala en clase de la profesora Heather a dibujar narices.
Los estruendos llegan primero como un rumor lejano que los niños confunden con un videojuego. Después el suelo tiembla, el director ordena por el parlante una evacuación sin explicaciones y los pasillos se convierten en una corriente de cuerpos que empuja, tropieza y deja atrás a los más pequeños. Leo y Gus se detienen a levantar a Franco, un chico golpeado con la nariz sangrando y la pierna herida, y los tres escapan por un pasadizo de desagüe hacia una calle donde ya no queda nada reconocible: gente que corre, armas demasiado grandes, uniformados que avanzan cuadra a cuadra. Desde dos esquinas de distancia ven arder su propia escuela.
A partir de ahí la novela es una huida a ras de suelo. Sin adultos que expliquen, sin mapa y sin bando —los chicos ni siquiera saben de qué lado están—, Leo asume una responsabilidad que le queda enorme: decidir hacia dónde doblar en cada esquina, sostener a Franco, calmar a Gus y no derrumbarse él mismo. Entre callejones sin salida y encuentros que no se pueden esquivar, lo único que lo empuja es la certeza que se repite como un rezo: que en algún lugar de esa ciudad su madre, su padre y sus hermanos también están corriendo.
Villacís alterna la frialdad del cuartel con la voz en primera persona de un niño que narra en presente, y en ese contraste sostiene el libro entero. Arriba, un mapa y una estrategia; abajo, un chico que no entiende la palabra atentado. Precedido por un prólogo que advierte sobre no esperar el último día para arrepentirse, «A la cuenta de tres» es una novela breve y de ritmo tenso sobre la guerra vista desde donde nunca se decide: la inocencia, la amistad y el instante exacto en que la tranquilidad se convierte en duda.
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