En el borde del cráter del Kilauea, el abogado David Danning intenta descansar tras una negociación agotadora, pero no lo consigue: una desconocida lo aborda en el mirador para hablarle de un cadáver, y Greta Nevin, profesora de…
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En el borde del cráter del Kilauea, el abogado David Danning intenta descansar tras una negociación agotadora, pero no lo consigue: una desconocida lo aborda en el mirador para hablarle de un cadáver, y Greta Nevin, profesora de psicología, lo lleva ante la esposa de un viajante de comercio desaparecido en la isla. Dos matrimonios simultáneos, dos pólizas de seguro y un rastro de tarjetas de crédito demasiado prolijo convierten una ausencia rutinaria en algo que huele a cálculo.
La novela abre con una tregua: David Danning, abogado curtido en batallas societarias, acaba de cerrar en el Este una fusión ferroviaria que lo tuvo nueve semanas sin dormir y se permite una cena a la luz de las velas en el comedor asomado al cráter del Kilauea. La calma dura poco. Una mujer morena lo aborda junto a la baranda del mirador, demuestra saber más de su pasado militar de lo que él quisiera y le anuncia sin rodeos que ambos están allí por el mismo motivo: buscar un cadáver.
El encargo llega por otra vía. Greta Nevin, profesora de psicología y algo más que amiga, lo arrastra a la habitación de Lenore Persons, que con eficiencia de secretaria y una frialdad que a Danning le resulta antinatural despliega carpetas, fotocopias y testimonios para probar que su marido, viajante de comercio, aterrizó en la isla, alquiló un auto, durmió una noche en Kailua y se esfumó. Once días más tarde apareció el vehículo abandonado en un campo de lava, con la valija y la billetera intactas, y ni un rastro del hombre pese a los rastrillajes por tierra, mar y aire.
El interrogatorio que sigue es el corazón del arranque. Danning no persigue al desaparecido, sino las grietas del relato: una póliza demasiado antigua, un embarazo que nunca ocurrió, una segunda esposa en otro estado, un empleador que prepara una demanda por estafa. La escena avanza como un duelo, hasta que el abogado rompe el acuerdo recién firmado y se marcha diciendo, sin adornos, que no le cree a su clienta.
Greta aporta la otra lectura. Para ella la fuga fue construida como coartada: dos hogares y dos identidades armados con paciencia para que nadie mirara el verdadero móvil. Y ese móvil, sostiene, está a pocos kilómetros del auto abandonado, en la punta donde una instalación estratégica se asoma al Pacífico y donde un pesquero se cruzó con un barco extranjero entre la niebla del amanecer.
Lo que empieza como un caso de seguro de vida se desplaza así hacia el espionaje sin abandonar nunca el terreno del carácter. Aquí la prueba decisiva no es una huella ni un arma, sino un modo de hablar, un gesto ausente y la maleta de un hombre metódico que jamás lleva nada de más.
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