Gina Moretti, conocida en pantalla como Angel Dare, dejó el cine para adultos hace años y hoy dirige una agencia de modelos en Van Nuys. Un favor a un viejo amigo la devuelve a un rodaje que nunca existió: una emboscada, un maletín…
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Gina Moretti, conocida en pantalla como Angel Dare, dejó el cine para adultos hace años y hoy dirige una agencia de modelos en Van Nuys. Un favor a un viejo amigo la devuelve a un rodaje que nunca existió: una emboscada, un maletín desaparecido y una pregunta que no sabe responder. Novela negra narrada en primera persona, con humor seco y violencia sin adornos.
La narración empieza por el final del primer golpe: una mujer despierta maniatada en el maletero de un coche abandonado en un descampado industrial al este de Los Ángeles, contando el tiempo en dolores pequeños —abrir los ojos, doblar un dedo, reconocer al tacto el mango de unos cables de arranque—. Desde esa oscuridad, la voz que cuenta decide retroceder y explicar cómo llegó hasta allí.
Se llama Gina Moretti, aunque el público la recuerda como Angel Dare. Entró en la industria del cine para adultos a los veinte años, tuvo su temporada de éxito y supo retirarse a tiempo: sin drogas, con dinero ahorrado y con una agencia propia de modelos en el valle de San Fernando. Trabaja rodeada de chicas de diecinueve años y de espejos poco compasivos, y esa combinación —el pulso entre la mujer que fue en pantalla y la que se mira ahora de perfil— es el terreno emocional desde el que arranca todo.
La llamada de un veterano productor y amigo, un tipo generoso y en apuros económicos, le propone un último bis: una escena sencilla, un caché tentador, la promesa de una portada y un joven actor en alza que dice haber crecido admirándola. Angel duda, negocia y cede, y ella misma reconoce después que la vanidad y el deseo pesaron tanto como la lealtad. La dirección del rodaje, una mansión decadente de Bel Air vaciada de muebles y con las ventanas tapadas con plástico, debería haberle dicho lo que su intuición prefirió no oír.
Lo que la espera arriba no es un set sino una encerrona. Un puñetazo sustituye al saludo, y Angel acaba atada sobre un colchón forrado de plástico, interrogada por un hombre de aspecto anodino y autoridad indiscutible, secundado por un matón enorme y por el galán que golpea con entusiasmo infantil. Quieren saber dónde está un maletín con dinero. El interrogatorio la obliga a reconstruir, escena por escena, la visita que aquella misma mañana le hizo una joven rumana muy asustada, que preguntaba por una de sus modelos, escribió una nota indescifrable y salió por la ventana del baño dejando los zapatos atrás, minutos antes de que dos hombres irrumpieran en la oficina buscándola.
A partir de ese cruce —una desconocida en fuga, una nota enviada por fax a un club de Las Vegas, una modelo que vuelve el lunes— la novela arma su trama: una mujer que no tiene la información que le exigen, que traiciona sin querer a quien intentaba proteger, y que descubre que la industria en la que se crió comparte fronteras con negocios mucho más sucios. La lealtad, aquí, es la trampa; el favor a un amigo, el cebo.
El relato se construye con una voz en primera persona seca, irónica y sin autocompasión, capaz de bromear sobre el ritmo de las películas de acción mientras sangra en un maletero. El retrato del oficio es desmitificador y minucioso: los rodajes que parecen barbacoas de domingo, la química que sostiene a la industria, las jerarquías y los apodos, la burocracia de los análisis médicos. Esa cotidianidad documental es exactamente lo que hace creíble el giro brutal, y lo que convierte a la protagonista en una superviviente con recursos: gimnasio, kickboxing, un ego blindado y una pistola pequeña de la que sus amigos se burlaban.
Es una obra de género negro contemporáneo, hardboiled y de ritmo rápido, con violencia explícita y un contexto sexual adulto tratado sin morbo ni condescendencia. Interesará a quien busque una protagonista femenina que asuma el papel clásico del detective apaleado —la que hace las preguntas equivocadas a la gente equivocada— y a quien disfrute de las tramas de venganza que nacen de un error minúsculo: abrir la puerta sin llamar.