En 1886, una bomba lanzada desde un callejón de Chicago convierte una asamblea obrera en matanza; tres años después, un joven aprendiz estadounidense contempla París desde la cima de la torre más alta jamás construida.
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En 1886, una bomba lanzada desde un callejón de Chicago convierte una asamblea obrera en matanza; tres años después, un joven aprendiz estadounidense contempla París desde la cima de la torre más alta jamás construida. Entre ambos instantes, esta novela traza el pulso de un siglo que quiso llegar a la altura de Dios: unos apostando por la dinamita, otros por el lápiz de cálculo.
Chicago, mayo de 1886. Bajo una llovizna fría, un inmigrante prusiano de veintidós años espera con una tubería rellena de dinamita oculta bajo el gabán. Ha venido a un mitin obrero convencido de que las palabras han fracasado y de que sólo un gesto irreversible puede encender la revolución que otros se limitan a predicar. Cuando la mecha por fin prende, el saldo no es la insurrección soñada sino decenas de cuerpos sobre el empedrado y una plana mayor anarquista camino del calabozo, mientras el verdadero autor se pierde entre las sombras hacia un anonimato que será su condena y su coartada.
En la misma ciudad, apenas meses después, otro hombre mira hacia arriba por motivos opuestos. El ingeniero Samuel Bowman se detiene ante un edificio de diez pisos sostenido por una jaula de hierro forjado —el primero de su especie— y entiende que acaba de cruzarse una frontera técnica que ya no tendrá retorno. Su jefe, William Le Baron Jenney, sueña con dieciséis plantas y con estructuras que la piedra jamás podría sostener; su sobrino Paul Peter Bowman, de dieciocho años, hijo de un soldado muerto en campaña y de una provenzana que le enseñó francés, recibe una oferta que decidirá su vida: viajar a París como aprendiz en los talleres de Gustave Eiffel durante todo el tiempo que dure el levantamiento de la Torre de trescientos metros, y regresar convertido en depositario de sus secretos.
Al otro lado del Atlántico, la torre aún no existe y ya tiene enemigos. En los comedores privados de los grandes restaurantes parisinos, entre coñac y humo de cigarro, un joven rico de origen impreciso reúne a pintores, poetas y matemáticos sin obra todavía para denunciar el proyecto como una aberración, un esperpento de hierro que ensombrecerá la ciudad durante veinte años. Bajo la retórica del buen gusto late otra cosa: una campaña que no se detendrá en el desprestigio.
La novela cruza esas líneas —el atentado y el andamio, el panfleto y el plano, la fe en destruir y la fe en construir— sobre el trasfondo documentado de los sucesos de Haymarket, la carrera vertical de Chicago tras el gran incendio y la Exposición Universal de 1889. Sus personajes discuten con las mismas palabras, altura y grandeza, sin sospechar que las emplean para fines contrarios. El resultado es un relato de época atento al detalle técnico y a la temperatura política de una década en la que el hierro, la pólvora y la ambición humana aprendieron a subir juntos.
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