Un teniente de policía mata en defensa propia al sobrino de un capo del juego y desata una guerra personal contra el imperio que lo protege, mientras descubre que la corrupción también anida dentro de su propio departamento.
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Un teniente de policía mata en defensa propia al sobrino de un capo del juego y desata una guerra personal contra el imperio que lo protege, mientras descubre que la corrupción también anida dentro de su propio departamento.
En una ciudad costera donde el verano llena los paseos marítimos de música y banderas, el teniente Andrew Hutchison —supervisor de la patrulla que controla el juego clandestino— espera en un bar de mala muerte el momento exacto para caer sobre una red de apuestas. Lo que llega, en cambio, es un joven armado y drogado que asalta a los propios apostadores. El tiroteo termina con el asaltante muerto a manos de Andy, y con un descubrimiento que cambia el signo de todo: el muchacho era sobrino de “Buddy” Suraci, el hombre que gobierna medio submundo de la ciudad y que ha construido, desde la violencia más primitiva, un imperio del juego sostenido por dinero, miedo y silencio.
El funeral se convierte en una declaración de guerra. Suraci convoca a Andy a su oficina blindada y le ofrece primero amistad, después dinero: quinientos dólares, mil, la misma mecánica con la que ya compró a otros. Y le revela, sin pudor, que el inspector John Cudahy —superior directo de Andy, dueño de una oficina alfombrada, clásicos encuadernados en cuero y dos hijas educadas en los mejores colegios— cobra tres mil dólares mensuales desde hace años. Andy rechaza la oferta y anuncia que se propone terminar con el negocio. La respuesta de Suraci es una sentencia: hombre muerto.
A partir de ahí, la novela avanza por dos frentes que se estrechan. Hacia afuera, Andy allana bancos de juego, arresta a jugadores profesionales como Yussel Applebaum y desmonta operaciones que mueven millones al año. Hacia adentro, cada golpe suyo incomoda al inspector que debería respaldarlo, y la insubordinación se vuelve el único camino honesto disponible. En medio aparece Eve Miller: durante semanas apenas una voz susurrada en el teléfono, luego una muchacha rubia de ojos demasiado viejos para su edad, que entrega direcciones, planos y contraseñas del hampa con una precisión que nadie debería tener, y que rechaza cualquier pago. Andy sospecha haberla visto antes —al volante de un Cadillac rosado, la noche del tiroteo—, pero no logra encajar la pieza. Ronda también Howie, el fotógrafo adolescente de hambre grotesca, capaz de aparecer en cualquier escena del crimen como un fantasma con flash.
“A la sombra del cadalso” es novela negra de procedimiento y de atmósfera: subterráneos en construcción sobre terrenos pantanosos, alfombras electrificadas que protegen contadores de apuestas, oficinas con puertas de acero y mirillas antibalas, y una moral de departamento donde la pregunta no es quién delinque sino hasta dónde llega la nómina. Michael Carey construye el retrato de un policía sin familia ni ataduras —y por eso mismo incorruptible— enfrentado a una maquinaria en la que jueces, alcaldes y senadores figuran como socios. La tensión no proviene solo del riesgo de morir, sino de la certeza de que la traición vendrá desde el propio bando.
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