Rémi Brague conversa con Giulio Brotti sobre una pregunta que hoy suele descartarse: ¿tiene dirección la historia humana? Frente al cansancio histórico contemporáneo —y a la tentación de disolver lo humano en la naturaleza—, el filósofo…
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Rémi Brague conversa con Giulio Brotti sobre una pregunta que hoy suele descartarse: ¿tiene dirección la historia humana? Frente al cansancio histórico contemporáneo —y a la tentación de disolver lo humano en la naturaleza—, el filósofo francés propone una vía intermedia entre el providencialismo hegeliano y el relativismo: la historia como lugar de aproximaciones frágiles al bien y a la verdad, siempre expuestas al olvido y nunca reducibles a un juicio final.
Este libro es una entrevista extensa: Giulio Brotti interroga a Rémi Brague —filósofo formado en el pensamiento antiguo, titular durante veinte años de una cátedra de filosofía árabe y autor de La sabiduría del mundo y La ley de Dios— sobre el sentido de la historia y sobre por qué esa pregunta se ha vuelto sospechosa.
El punto de partida es un diagnóstico: el escepticismo hacia el pasado convive con una producción historiográfica desbordante. Se estudia cómo nació una idea, pero rara vez si es verdadera; el pasado se consume como turismo cronológico o como muestrario de diversidades, mientras crece un «cansancio de la historia» que Brague conecta con la incapacidad de imaginar el futuro y con el invierno demográfico.
La conversación avanza en cuatro tramos. El primero recorre la biografía intelectual del entrevistado —de Aristóteles a Maimónides y al-Fārābī, pasando por Leo Strauss— y defiende una historia de las ideas «a larguísimo plazo», atenta también a los errores, las metáforas y las representaciones colectivas. El segundo examina en clave histórica las relaciones entre judaísmo, cristianismo e islam, sin aplanarlas bajo la etiqueta cómoda de «monoteísmos». El tercero desmonta el tópico de la revolución científica como ruptura absoluta con un Medioevo ingenuo: Brague prefiere hablar de articulación, porque ninguna ruptura empieza de cero y toda protesta se edifica sobre aquello que ataca. El cuarto afronta la cuestión antropológica en una época que, desde Foucault, parece dispuesta a borrar al hombre «como una escultura de arena».
Atraviesa el conjunto una tesis epistemológica: verdad e historicidad no se excluyen. Toda interpretación humana lleva consigo un punto ciego, de modo que la relación con la verdad es acercamiento y no posesión. De ahí su lectura del «olvido del ser» heideggeriano, no como paraíso perdido sino como ocultamiento inseparable de todo desvelamiento; y de ahí una providencia que pasa por la libertad y cuyos designios nadie descifra, porque haría falta situarse al final de la historia.
El tono es el de una conversación culta y sin solemnidad, con digresiones sobre Gilson, Bergson, C. S. Lewis o la ignorancia histórica de quienes deciden. Funciona como puerta de entrada a una obra amplia y como invitación a preguntarse si la vida que transmitimos merece ser dada.
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