Judea, año 30. Tres días después de una ejecución en el Gólgota, dos caminantes rumbo a Emaús comparten camino con un desconocido cuyo rostro parece llevar luz propia; a pocas millas de allí, un joven judío llamado Caleb hostiga con su…
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Judea, año 30. Tres días después de una ejecución en el Gólgota, dos caminantes rumbo a Emaús comparten camino con un desconocido cuyo rostro parece llevar luz propia; a pocas millas de allí, un joven judío llamado Caleb hostiga con su honda a una cohorte que regresa de Siria, y al otro extremo del Mediterráneo, en Capri, un portaestandarte africano descubre que custodiar la sombra de Tiberio no es el honor que imaginaba. Kirk Mitchell entrelaza esos tres hilos —la fe que nace, la resistencia que se arma y el poder que se pudre— en una novela histórica de amplio aliento sobre las décadas en que el Imperio y una comunidad perseguida quedaron atados a un mismo destino.
La novela arranca en el camino de Emaús, con dos hombres que discuten sin ponerse de acuerdo sobre cómo apareció junto a ellos aquella figura encapuchada. Cleofás jura que de pronto eran tres; Zaqueo recuerda las palmeras crujiendo y una corona de nubes. En lo único que coinciden es en la luz del rostro del extraño, y en las heridas que vieron en sus manos alzadas cuando bendijo el pan en la posada. De esa escena mínima —dos caminantes, una copa de vino derramada, una noticia imposible— parte una historia que se ensancha hasta abarcar el Imperio entero.
Mientras tanto, en las colinas que dominan Jerusalén, Caleb prepara emboscadas en solitario. Ha rechazado sumarse a los celotes más notorios porque sabe cómo terminan las familias de los rebeldes conocidos: en las celdas de la fortaleza Antonia, esa ciudadela que ha crecido como un tumor junto a los muros del Templo. Su honda y sus piedras horadadas son toda su guerra particular contra Roma, y su prudencia, la única protección de su madre Lea y de sus hermanas Rut y Sara. La noche en que Rut se compromete con Samuel, un joven orfebre que ha fundido los pendientes de su madre para hacer el anillo, la fiesta se rompe con la irrupción de un soldado borracho: en la ciudad ocupada, ni siquiera la alegría doméstica queda a salvo de la calle.
En Capri, la novela cambia de escala. Julio Valerio Licinio, hijo de un centurión y criado en una ínsula romana, ha sido elegido para la cohorte que protege al emperador retirado —seleccionado, entre otras cosas, por su estatura y por su tez morena, según el capricho imperial—. Lo que creyó una distinción se le revela pronto como una vigilancia sórdida: Tiberio, viejo, receloso y magnífico todavía de cuerpo, alterna la nostalgia del soldado que fue con la lujuria del sátiro en que se ha convertido, y recibe a las delegaciones del Senado como quien recibe veneno. Desde ese escondrijo entre los setos, Valerio empieza a ensayar mentalmente el discurso que lo devuelva a su antigua unidad, sin sospechar hasta qué punto su suerte quedará ligada a la de Jerusalén.
Sobre ese triple tablero —el pequeño grupo de creyentes que empieza a organizarse, la resistencia judía que no encuentra salida y una corte imperial donde la vida vale poco y el asesinato entre próximos es rutina— Mitchell construye una saga de pasiones privadas y ambiciones públicas. Hay amor y compromiso matrimonial, hay honda y jabalina, hay tratos entre Poncio Pilato y el sanedrín, y hay una pregunta que Cleofás formula temprano y que la novela no deja de repetir: qué puede hacer nadie frente al poder de Roma. La respuesta que se va perfilando no es militar.
Documentada con precisión en el detalle material —las caligae de los legionarios, la carga que arrastran desde Antioquía, el tallith del anciano Matías, los peines de ágata sustituidos por otros sin diosas romanas—, la obra tiene el pulso narrativo de las grandes epopeyas históricas y el interés íntimo de una novela familiar. Su tema de fondo es cómo un puñado de personas comunes atraviesa décadas de violencia, y qué queda de ellas cuando el imperio que las aplastaba empieza, él mismo, a resquebrajarse.