Antología de microrrelatos que imagina España arrasada por un apocalipsis zombi iniciado en el solsticio de diciembre de 2012. El material se presenta como el diario de un adolescente que anotaba, de noche, las emisiones de una frecuencia…
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Antología de microrrelatos que imagina España arrasada por un apocalipsis zombi iniciado en el solsticio de diciembre de 2012. El material se presenta como el diario de un adolescente que anotaba, de noche, las emisiones de una frecuencia pirateada por un grupo de resistencia. Casi un centenar de piezas brevísimas mezclan humor negro, sátira social y guiños literarios para retratar un país donde el ser humano dejó de estar en lo alto de la cadena alimentaria.
Todo empieza con unas esferas caídas del cielo y una avalancha de explicaciones que no explican nada: meteoritos, conspiraciones, castigos bíblicos, calendarios antiguos. Mientras las hipótesis se multiplican, un hecho se impone sin discusión: los muertos regresan y tienen hambre. En una España ya castigada por el paro, los desahucios y la miseria, la catástrofe encuentra terreno abonado; unos huyen a las islas, otros cruzan los Pirineos y la mayoría se queda a pelear cada día contra los no-muertos.
El libro se ofrece como un hallazgo: un cuaderno recuperado cerca de Zaragoza, atribuido a un muchacho llamado Daniel que transcribía lo que escuchaba en una radio encontrada por casualidad. La única señal viva era una emisora estatal cuya frecuencia había sido tomada por un grupo de supervivientes. De ahí surgen los casi cien fragmentos que componen el volumen: noticias, chistes, testimonios, definiciones de diccionario, aforismos y escenas mínimas emitidas en la oscuridad.
El registro es deliberadamente inestable. Hay piezas de una sola línea que funcionan como golpe seco, y hay relatos breves que se demoran lo justo para dejar una imagen difícil de sacudirse. La sátira apunta a la política, la farmacia, el periodismo, la crítica literaria, el consumo y la academia; el pastiche recorre la tradición literaria y el cine de terror, reescribiendo clásicos, refranes, moralistas y personajes célebres en clave de no-muerte. Junto a ese despliegue paródico conviven textos que abandonan la broma por completo: un padre encerrado en el sótano al que la familia borra de la memoria, un hombre inmovilizado que espera el primer mordisco, una niña que decide proteger a su agresor, un crío que no entiende por qué su madre no se levanta.
Esa alternancia es la clave del conjunto. El chiste desarma y el relato siguiente aprovecha la guardia baja. Leídas en cadena, las piezas dibujan menos una trama que un estado de ánimo colectivo: el de una sociedad que sigue haciendo bodas, comuniones, entierros y rebajas mientras el mundo se descompone. La brevedad extrema, comentada dentro del propio libro con ironía, se vuelve aquí forma y argumento: en tiempos de catástrofe solo hay aliento para textos que muerden y sueltan.