Un thriller de espionaje ambientado en la España contemporánea que arranca con una cuenta atrás: ocho semanas para la catástrofe. Mientras un joven marroquí muere entre la multitud del Rastro madrileño y otro es eliminado en una casa…
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Un thriller de espionaje ambientado en la España contemporánea que arranca con una cuenta atrás: ocho semanas para la catástrofe. Mientras un joven marroquí muere entre la multitud del Rastro madrileño y otro es eliminado en una casa perdida de la llanura manchega, un oficial de operaciones especiales del CNI, Miguel Aguirre, sigue una pista que parece de espionaje industrial sin saber que otra amenaza, mucho más grave, ya está en marcha. Novela de Rod Ferrera publicada en 2011.
Un domingo de septiembre, entre los puestos del Rastro, un joven magrebí corre sin saber muy bien de quién huye. Se llama Rachid, llegó a España tras cuatro intentos fallidos persiguiendo la promesa de una vida mejor y encontró, en lugar del paraíso que le habían vendido las televisiones, un edén hermosamente podrido. En Hospitalet lo esperaba Ali, su amigo del alma, y con él una mezquita, unas reuniones y un hombre de modales delicados que llegó de ninguna parte, nunca dio su nombre y les aseguró que estaban llamados a ser héroes de una historia por escribir. Los enviaron a destinos distintos con misiones distintas. Ese domingo, a los dos les queda mucho menos tiempo del que imaginan.
Casi a la misma hora, en una zona residencial del norte de Madrid, otro hombre trabaja también en silencio. Miguel Aguirre, oficial al mando de un grupo de operaciones especiales del Centro Nacional de Inteligencia, fotografía a dos diplomáticos asiáticos y orquesta con su equipo una pequeña coreografía de calle —un golpe simulado, una alarma, una conductora mareada, tres minutos exactos— para entrar en un chalet y abrir una caja acorazada. Lo que encuentra apunta a contrabando de información en torno a un contrato con muchos millones en juego. Un caso importante, medible, resoluble. Nada que ver, aparentemente, con lo que ha ocurrido esa misma mañana en Lavapiés.
Porque quien limpia el terreno tiene rostro y método. Atiq Zariâb se mueve con dos hombres, un bote de spray y una jeringuilla, y deja tras sí muertes que la rutina forense y la buena fe de un cuartel de la Guardia Civil archivarán como sobredosis y cortocircuitos. En una casa humilde cerca de Fuensanta hay una caja de poco más de un metro que le ilumina los ojos cuando la abre; cuando el fuego empieza a extenderse, un niño de doce años los observa desde su bicicleta, y el reflejo de un retrovisor en el último sol del día lo convierte en el único testigo vivo de la operación.
La novela avanza en doce capítulos rotulados por esa cuenta atrás, alternando la mecánica fría de una organización que no tiene bandera con la mecánica igualmente exigente de un servicio de inteligencia que ha de decidir dónde mirar. Y en el centro, Aguirre: un hombre que aprendió a los catorce años, en una casa cuartel de A Coruña, lo que cuesta perder a un amigo y sostener al hermano que queda; que renunció a la dirección de Inteligencia por un asunto que aún le acompaña; que conserva con Mónica Somoza, hoy su superior, una lealtad hecha de trabajo y de pasado; y que en su propia casa —una hija de quince años que ya no le habla, una mujer que pelea cada día por no perder su empleo— no consigue aplicar ninguna de las certezas que le funcionan sobre el terreno.
Rod Ferrera construye un thriller de geografía reconocible y pulso contenido, más atento a los procedimientos y a los silencios que a la pirotecnia: el Madrid que huele a cuero y a bisutería, los caminos secos de Albacete, los edificios asépticos donde todo pasa y nada pasa. Una historia sobre lo que se decide en despachos y lo que se paga en la calle, y sobre el escaso margen que separa una investigación bien hecha de una catástrofe que ya tiene fecha.