Sara Smith tiene diecinueve años, la vida resuelta por el dinero de su padre y una sola meta clara: aprender inglés en Caracas para poder recorrer el mundo.
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Sara Smith tiene diecinueve años, la vida resuelta por el dinero de su padre y una sola meta clara: aprender inglés en Caracas para poder recorrer el mundo. Su rutina de metro, academia y disciplina se descoloca el día en que un alumno nuevo, mayor que el resto y con un pasado que no encaja en un aula de adolescentes, se sienta en la esquina del salón. "72 horas para enamorarme", de Sasha Steel, es una novela romántica adulta sobre el vértigo de desear a alguien que representa exactamente todo aquello de lo que te han advertido.
Sara Smith llegó a Caracas por voluntad propia. Podría haber aceptado las clases privadas que su padre le había conseguido con un profesor de renombre, cómodas y a domicilio, pero eligió el ruido: una academia de inglés cerca de Chacaíto, un apartamento en el este de la ciudad, dos estaciones de metro cada mañana y el anonimato de una metrópolis donde nadie sabe de quién es hija. A los diecinueve años se considera preparada para casi todo —estudia con una exigencia casi competitiva, planifica sus días, rechaza pretendientes con una cortesía que no admite insistencia— y absolutamente nada preparada para el amor, un asunto que hasta ahora le ha parecido más literario que real.
La clase del día trata sobre la palabra serendipity: lo que ocurre por azar, sin buscarse, y a menudo para bien. Sara nunca la había oído. Esa misma mañana, tres golpes en la puerta interrumpen la lección y entra Sander: chaqueta negra, casco bajo el brazo, una semana tarde y visiblemente mayor que el resto del salón. Contesta con monosílabos, se encoge de hombros con frecuencia, habla un inglés impecable que nadie sabe dónde aprendió y lleva en la cartera una moneda con una bala incrustada, recuerdo de una noche en un bar que cuenta como si fuera una anécdota menor. Sara lo cataloga primero como un antipático y enseguida como un enigma: un rostro duro de trabajador de finca y una inteligencia que no se corresponde con esa dureza.
Lo que sigue es una atracción que Sara reconoce antes de admitirla. Un cigarro compartido en la acera durante el receso, una conversación que fluye con una facilidad que la desconcierta, un diminutivo —“Sarita”— que la irrita porque la devuelve al lugar de niña consentida del que vino huyendo. Al día siguiente se levanta con la primera alarma, elige la ropa con cuidado, se arregla para él y se sorprende de sí misma haciéndolo. Sander, por su parte, no disimula: se sienta a su lado, le sostiene el mentón para saludarla, le dice que lo dejó medio enamorado. Cuando la profesora pregunta por los lenguajes del amor, él responde que el suyo es la protección, y Sara descubre que esa palabra la atrae y la inquieta en la misma medida.
La novela avanza desde ese coqueteo de aula hacia un terreno mucho menos seguro. El reloj del título no es una metáfora amable: los capítulos anuncian una separación abrupta, una familia en vilo, un cautiverio y una cuenta regresiva de tres días en la que el deseo, el miedo y la dependencia se vuelven difíciles de distinguir entre sí. Sasha Steel construye un romance oscuro de ritmo corto y tensión sostenida, alternando la narración en tercera persona con la voz íntima de Sara, que confiesa al lector lo que no se atreve a decir en voz alta. El resultado es una historia de contrastes deliberados —la niña rica y el hombre peligroso, el orden y el caos, la ciudad que promete anonimato y termina exponiéndolo todo— narrada con escenas sensuales explícitas y una pregunta incómoda en el centro: cuánto de lo que sentimos por alguien es elección y cuánto es simple serendipia.
Publicada en 2022 por Ediciones Meyo, es una lectura breve e intensa, dirigida a público adulto y a quienes disfrutan del romance oscuro con ambientación latinoamericana contemporánea.
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