A los quince años, el autor desciende con su padre a las calles de Pamplona para correr su primer encierro. Entre melodías que rezan, aromas de infancia abandonada y cuerpos al borde del abismo, emerge una verdad antigua: enfrentarse a los…
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A los quince años, el autor desciende con su padre a las calles de Pamplona para correr su primer encierro. Entre melodías que rezan, aromas de infancia abandonada y cuerpos al borde del abismo, emerge una verdad antigua: enfrentarse a los toros es un acto de fe donde la fragilidad humana y la bestia escriben, juntas, historias de gloria y caída.
«Levanta, Chapuli. Vamos a correr el encierro». A los quince años, despertado en la madrugada sanferminera, el autor desciende con su padre a las calles de Pamplona. Comienza así el relato sensorial de un rito milenario donde cada sensación —el aroma a colonia abandonada, el olor sulfuroso de la fiesta, el grito que sube y se come el oxígeno— marca el tránsito de la infancia a la verdad.
Esta obra es un viaje iniciático por San Fermín que trasciende la anécdota personal. En la Cuesta de Santo Domingo, donde los muros de piedra asfixian a los toros y la pendiente transforma la huida en montaña, el joven descubre que correr no es un acto de valentía, sino de rendición ante algo más grande. Allí, donde treinta corazones laten en extrasístole y la velocidad de la bestia supera la del hombre, la carrera se convierte en contemplación.
Con prosa de ritmo hipnótico, Apaolaza teje historias de corredores legendarios, recrea la atmósfera embriagadora de fiestas sin dormir, y remonta sus raíces a la mitología griega del Minotauro: ese hilo conductor que une el laberinto de Creta con las calles de Pamplona, la tragedia antigua con la gloria contemporánea.