Un inventario humorístico de los clichés que el cine y la televisión han repetido hasta convertirlos en sentido común: el coche que estalla tras caer por el barranco, el villano que se demora en un discurso mientras el héroe recupera el…
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Un inventario humorístico de los clichés que el cine y la televisión han repetido hasta convertirlos en sentido común: el coche que estalla tras caer por el barranco, el villano que se demora en un discurso mientras el héroe recupera el aliento, el conducto de ventilación del tamaño de una autopista. Escrito en entradas breves y comentado con ironía costumbrista, el libro señala esas convenciones una a una y las confronta con la lógica de la vida diaria, donde nada de eso ocurriría jamás.
Partiendo de una pregunta doméstica —cuántas horas al día pasamos frente a una pantalla—, esta obra propone un ejercicio de atención: mirar de nuevo lo que ya hemos visto mil veces y descubrir hasta qué punto la ficción audiovisual nos ha enseñado un mundo que no existe. El resultado es un catálogo de tópicos, ordenado en entradas cortas e independientes, donde cada convención se enuncia con precisión de coleccionista y se remata con un comentario burlón.
El recorrido atraviesa todos los géneros. Del cine de acción salen los helicópteros derribados de un solo disparo de pistola, los tiroteos en los que los enemigos atacan de uno en uno y las claraboyas condenadas a romperse. Del policíaco, el corcho lleno de fotos unidas por cordeles de colores, la furgoneta de vigilancia repleta de pantallas, la pareja de agentes que se detesta hasta volverse inseparable y el criminal que queda libre porque nadie le leyó sus derechos. Del drama judicial, el testigo de última hora y el juez que reclama a los abogados en su despacho. Del western, el caballo herido al que hay que sacrificar, el duelo que espera a que suene el reloj de la plaza y el rastreador que fecha la huida palpando el estiércol. También comparecen las películas de instituto, las de universitarios, las bélicas, las de terror doméstico, las de artes marciales, las históricas y las de ciencia ficción de garaje, con su máquina del tiempo improvisada y su análisis de ADN resuelto en minutos.
Una parte considerable del humor nace del choque cultural. Muchos de estos automatismos proceden de la producción estadounidense, y el libro los mide contra la realidad cotidiana de quien los ve desde España: las bolsas de papel sin asas, el puesto de limonada infantil, las galletas de los boy scouts, la cesta de bienvenida para el vecino nuevo, la placa con el nombre en la puerta del despacho recién ascendido. Frente a cada costumbre importada aparece su equivalente local, casi siempre más prosaico y siempre más reconocible, y de esa distancia surge buena parte del chiste.
El tono es deliberadamente coloquial, próximo a la conversación de barra de bar, con digresiones, diálogos inventados y exageraciones que llevan la premisa hasta el absurdo. No hay pretensión de crítica académica ni interés en desmontar películas concretas: el objetivo es la convención misma, ese repertorio compartido que cualquier espectador reconoce sin haberlo estudiado nunca. Por eso el libro admite la lectura salteada; sus entradas funcionan de forma autónoma y pueden abrirse por cualquier página.
Lo que queda, más allá de la carcajada, es una forma de mirar. Al nombrar los automatismos, el texto los vuelve visibles, y el lector difícilmente podrá volver a ver una escena de persecución, un funeral con bandera doblada o una llamada telefónica con malas noticias sin identificar el mecanismo que la sostiene. Un entretenimiento ligero que funciona, casi sin proponérselo, como pequeña educación del ojo.
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