El psicólogo británico Richard Wiseman parte de una sospecha incómoda: buena parte de los consejos que circulan bajo la etiqueta de autoayuda no resiste el contraste con la evidencia.
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El psicólogo británico Richard Wiseman parte de una sospecha incómoda: buena parte de los consejos que circulan bajo la etiqueta de autoayuda no resiste el contraste con la evidencia. En 59 segundos revisa cientos de estudios de las ciencias del comportamiento para rescatar lo que sí funciona y, sobre todo, lo que puede aplicarse en menos de un minuto. El resultado es un recorrido por diez territorios cotidianos —felicidad, persuasión, motivación, creatividad, atracción, estrés, relaciones, decisiones, crianza y personalidad— en el que cada capítulo desmonta una creencia popular y ofrece a cambio un gesto pequeño, concreto y verificable.
Todo empieza con una comida y una pregunta. Una amiga del autor, ocupada y escéptica, acaba de comprar un libro sobre cómo ser más feliz y quiere saber si la psicología académica tiene algo mejor que ofrecer. Wiseman se lanza a explicar la investigación disponible; a los quince minutos ella lo interrumpe con amabilidad y le pregunta cuánto puede resumirse. Dispone, dice mirando el reloj, de aproximadamente un minuto. Esa restricción se convierte en el programa entero del libro.
Antes de proponer nada, el autor dedica su energía a limpiar el terreno. Visualizar el yo ideal —la escena del éxito, el cuerpo nuevo, la playa— puede producir un rato agradable y, a la vez, dejar a quien lo practica peor preparado para el primer obstáculo real. Reprimir un pensamiento negativo tiende a instalarlo con más fuerza, como comprobó Daniel Wegner pidiendo a unos voluntarios que no pensaran en un oso blanco. La lluvia de ideas colectiva rinde menos que el trabajo individual; descargar la rabia a golpes suele alimentarla. Y el célebre estudio de Yale sobre estudiantes que anotaron sus metas y acabaron millonarios, citado durante décadas en conferencias y manuales, sencillamente nunca se realizó: fue un periodista quien siguió el rastro hasta confirmar que se trataba de una leyenda urbana repetida sin verificar.
La objeción de Wiseman no es al deseo de mejorar, sino al coste de intentarlo con herramientas defectuosas. Recuerda el experimento de Ellen Langer en una residencia de ancianos, donde algo tan mínimo como hacerse cargo de una planta separó a dos grupos en salud, ánimo y supervivencia. Perder la sensación de control tiene consecuencias medibles; fracasar una y otra vez con métodos que no funcionan es una forma eficaz de perderla.
A partir de ahí, el libro se organiza en diez áreas y avanza siempre del mismo modo: una creencia extendida, la investigación que la matiza o la contradice, y un procedimiento breve. En el capítulo dedicado a la felicidad, por ejemplo, el autor repasa los datos sobre dinero y bienestar —los ganadores de lotería no resultaron más felices que un grupo de control, aunque sí disfrutaban menos de los placeres pequeños—, la escasa utilidad de hablar del trauma con un interlocutor bienintencionado frente a los beneficios documentados de escribirlo, y los efectos de la gratitud, la carta afectiva o el relato del futuro deseado. Cada bloque desemboca en una sección titulada «59 segundos o menos», donde la evidencia se traduce en una instrucción practicable: un diario de cinco días, una pregunta que hacer en una entrevista, una manera de disponer una primera cita, un modo de pedir un favor.
Wiseman escribe con humor seco y sin promesas grandilocuentes; cita al detalle, matiza los porcentajes y admite lo que no puede cambiarse. El libro se cierra sobre una imagen que explica su ambición: el técnico que arregla una caldera con un golpecito y cobra no por los segundos empleados, sino por los años que le costó aprender dónde había que darlo. Las técnicas reunidas aquí son ese golpecito. Lo caro, y lo que el autor ofrece, es saber el sitio exacto.