Atrapado entre los peñascos de fuego y el polvo rojo que abrasa, un hombre huye con los pulmones ardiendo, marcado como número cincuenta y cinco por un asesino sin piedad.
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Atrapado entre los peñascos de fuego y el polvo rojo que abrasa, un hombre huye con los pulmones ardiendo, marcado como número cincuenta y cinco por un asesino sin piedad. Su fuga lo arrastra hasta Wilbrook, un pueblo olvidado en la meseta desértica de Pilbara, donde un sargento de policía verá turbarse la quietud de su aburrida existencia al descubrir que la monstruosidad ha llegado a su puerta.
En las entrañas de la meseta de Pilbara, donde el polvo rojo cubre como sudario una tierra tan vieja que parece querer tragarse toda vida, un hombre corre con el único propósito de mantenerse vivo. Los pulmones le arden por ese aire que no es aire sino arenilla abraxadora, los pasos le llevan a ninguna parte porque ha desaparecido todo referente del mundo: solo hay rocas calcinadas, árboles que lo atraen hacia la muerte, un cielo implacable que lo observa desde lo alto. Lleva grilletes cuya marca el metal frío y oxidado ha grabado en sus tobillos, el recuerdo de quien lo encadenó, de quien lo ha marcado como su víctima número cincuenta y cinco. Casi lo consigue. Casi logra matarlo. Pero logró escapar.
En el remoto pueblo de Wilbrook, en ese mismo páramo que lo persigue, Chandler Jenkins cumple treinta y dos años estancado como sargento de policía. Es su pueblo, su único mundo conocido, un lugar donde poco sucede más allá de peleas domésticas e infracciones menores. Un sitio que prospera y decae según los vaivenes de las minas, donde el silencio es tan espeso como el polvo rojo que se posa sobre todo. Chandler es un padre divorciado que intenta mantener el orden en la quietud, observando las colinas verdes de Gardner’s Hill como si esperara que algo rompiera esa paz monótona.
Cuando Gabriel —de Perth, itinerante, perseguido— llega a la comisaría, el mundo de Chandler cambia. El muchacho tiembla, habla de un asesino llamado Heath, de un bosque, de una numeración macabra. Lleva sangre seca en los pantalones, la mirada desquiciada, un terror que ha aprendido en la carne viva. Y lo único que quiere es marcharse, desaparecer lejos de ese lugar donde la bestia podría encontrarlo de nuevo.
La novela atrapa en sus primeras páginas la atmósfera densa de un thriller en el que el miedo es tan tangible como el calor del desierto, donde la persecución no es solo física sino psicológica, donde un pequeño pueblo australiano se convierte en arena de batalla entre la civilización y la monstruosidad.