Un libro sobre maternidad escrito desde la consulta y desde la conversación entre amigas. Con humor y sin recetas rígidas, recorre el cerebro despistado de las madres recién estrenadas, las expectativas que chocan con la realidad, y el…
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Un libro sobre maternidad escrito desde la consulta y desde la conversación entre amigas. Con humor y sin recetas rígidas, recorre el cerebro despistado de las madres recién estrenadas, las expectativas que chocan con la realidad, y el cuarteto de culpa, miedo, frustración y soledad. A la vez propone ejercicios sencillos, tomados de talleres de psicología, para bajar la autoexigencia, defenderse de la crítica propia y recuperar todos los «yo» que la maternidad dejó en pausa.
La voz que sostiene estas páginas se dirige a la lectora de tú a tú, como quien roba un rato a un día imposible para contarle algo que necesitaba oír. La autora, psicóloga, mezcla lo que escucha en consulta y en sus talleres con episodios propios y con historias de amigas y conocidas, y de esa suma sale un retrato coral: cada maternidad es distinta, pero casi todas comparten el sueño atrasado, los juguetes desaparecidos y el deseo de hacerlo bien.
El recorrido arranca por lo cotidiano y lo absurdo. Hay un capítulo dedicado al cerebro de madre, ese que organiza mil asuntos a la vez y a la vez deja el mando en la nevera; otro que convierte la casa en un expediente paranormal, con zapatos que viajan solos a la bañera, presencias nocturnas al borde de la cama y dibujos que brotan en las paredes. El humor no es adorno: funciona como método de supervivencia y como puerta de entrada a los temas serios.
Porque debajo de la risa hay material clínico. El libro examina cómo las expectativas, las propias y las heredadas, condicionan la manera de vivir la crianza hasta convertirse en terreno fértil para el malestar, y desmonta el perfeccionismo como un listón que siempre sube. Dedica capítulos al amplificador emocional que parece activarse con la llegada de un hijo, a los miedos más repetidos —hacerlo mal, perder los papeles, que le pase algo—, a las dudas ante un segundo embarazo y a la espiral en la que el cansancio produce enfado, el enfado produce culpa y la culpa exige todavía más entrega.
Frente a eso propone herramientas concretas y practicables: definir el modelo propio de maternidad para que las opiniones ajenas resbalen, ensayar la asertividad en voz alta, distinguir la culpa de la responsabilidad, escribir una tabla en la que una se defiende de sus propias críticas con datos, cambiar el «tengo que» por «me gustaría» y bajar el listón al ochenta por ciento durante una semana para comprobar qué ocurre. También insiste, sin dramatismo, en que pedir ayuda al entorno o a un profesional es una opción legítima y no una rendición.
El resultado es un texto que admite lecturas a ratos sueltos y que apunta siempre al mismo lugar: recordarle a quien lee que además de madre sigue siendo hija, hermana, amiga, pareja y trabajadora, y que cuidarse no es un lujo aplazable.
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