Argumentario que defiende la legitimidad cultural y ética de las corridas de toros mediante análisis racional. El autor responde a críticos argumentando que la sensibilidad no es criterio suficiente para prohibir la tradición.
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Argumentario que defiende la legitimidad cultural y ética de las corridas de toros mediante análisis racional. El autor responde a críticos argumentando que la sensibilidad no es criterio suficiente para prohibir la tradición. Distingue enemigos militantes de adversarios sinceros e indiferentes, y sostiene que la fiesta merece preservarse donde ha arraigado históricamente, pues genera valores humanos universales dignos de protección y comprensión.
Este ensayo ofrece una defensa integral de las corridas de toros mediante argumentación racional y análisis ético. Escrito tras la prohibición de 2010 en Cataluña, el libro responde al desconocimiento que el autor identifica como raíz del rechazo contemporáneo.
Frente a la oleada antitaurina, el autor propone distinguir tres interlocutores: enemigos militantes irreductibles, adversarios sinceramente indignados, y la mayoría indiferente que adopta sensibilidades ajenas. Su estrategia es diferenciada: combatir a enemigos, comprender a adversarios, persuadir a indecisos mediante argumentos substantivos.
El núcleo refuta la equiparación de corridas con tortura: el sufrimiento animal no es objetivo sino efecto colateral; la lidia esencia radica en la lucha libre del toro; el valor depende del riesgo mortal para el torero; un toro torturado huiría mientras el toro de lidia redobla embestidas; confundir hombre y animal mediante «tortura» banaliza crímenes humanos.
Critica la moda de sensibilidad contemporánea que, con argumentos vagamente naturalistas pero profundamente ignorantes, condena corridas mientras ignora realidades más graves: ganadería intensiva, tráfico animal, transporte cruel. Señala que la pasión desproporcionada contra toros responde a espectacularidad imaginaria más que a daño objetivo.
Finalmente sostiene que corridas merecen preservarse como patrimonio vivo donde tienen raíces históricas y comunidades con sensibilidad suficiente para comprenderlas, no por ser universalmente bellas, sino por generar valores éticos, estéticos y humanos de profundidad telúrica.