Un venezolano radicado entre Costa Rica y México cuenta cómo perdió más de 50 kilos después de tres décadas de obesidad, y usa esa experiencia para explicar el sobrepeso desde todos sus ángulos: biológico, histórico, emocional, social,…
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Un venezolano radicado entre Costa Rica y México cuenta cómo perdió más de 50 kilos después de tres décadas de obesidad, y usa esa experiencia para explicar el sobrepeso desde todos sus ángulos: biológico, histórico, emocional, social, metabólico y político. No es un recetario ni una dieta más, sino una invitación a entender la gordura sin culpa, sin fanatismos y con buen humor.
Todo empieza con una frase escuchada por casualidad un Primero de enero, entre platos de sopa de pescado y arepas hechas a la leña: una madre que regaña a su hijo diciéndole que, si sigue comiendo así, va a terminar “peor que Julio”. El aludido pesaba entonces más de 140 kilos y llevaba años convencido de que ya había hecho las paces con su cuerpo. Ese comentario derriba la barrera que había construido durante décadas y enciende la pregunta que da origen a este libro: ¿qué significa realmente ser obeso, más allá de la sentencia fácil de que basta con moverse más y comer menos?
El autor —profesional en relaciones internacionales, comediante, payaso de hospital, gerente de ventas y comedor empedernido, según su propio inventario— asume una credencial poco convencional: la de haber vivido más de veinte años con obesidad mórbida y haber salido de ella. Desde ahí construye un recorrido que no se parece a un plan alimentario. Primero va al origen biológico, preguntándose si el gordo nace o se hace y qué queda de la manera en que comieron nuestros ancestros durante decenas de miles de años. Luego rastrea el momento histórico en que la sociedad se volvió cazadora de gordos, y revisa cómo se ha mirado el cuerpo grande desde antes de la Edad Media hasta las modas actuales, con escalas en tratamientos disparatados que, siete siglos después, siguen reapareciendo con otro nombre.
El centro emocional del libro está en la relación afectiva con la comida: los sabores de la infancia, el plato que consuela, la culpa que se instala en cada tenedor. Contra la idea de que basta una “voluntad de hierro”, el autor defiende el valor de la psicoterapia y describe cómo la voluntad se desgasta después de años de intentos fallidos. También dedica capítulos a lo que la vida como persona gorda enseña y quita, a los mitos metabólicos —y a esa tendencia humana a predicar la propia dieta como si fuera una religión con herejes por convertir—, y al método concreto que a él le funcionó, presentado explícitamente como una caja de herramientas personal y no como una fórmula universal.
Hay además un capítulo dedicado a las mujeres y a la pregunta de por qué tantas se sienten gordas incluso cuando no lo están; una mirada al futuro de una epidemia que amenaza con volver diabética a la mitad de la población adulta mexicana en 2035; y un texto breve sobre obesidad y poder, sobre la salud de quienes gobiernan. Todo bajo dos reglas que el autor propone desde el arranque: no irse a los extremos, y aceptar que su opinión es solo suya. El resultado es un libro que pide equilibrio en un terreno dominado por posiciones radicales, que no promete una panacea y que insiste en que se puede hablar en serio del sobrepeso sin dejar de reírse —siempre que haya confianza y buena intención.
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