Un recorrido crítico por la historia del cine de terror, desde el expresionismo alemán hasta el presente digital, acompañado de una selección comentada de cincuenta títulos imprescindibles.
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Un recorrido crítico por la historia del cine de terror, desde el expresionismo alemán hasta el presente digital, acompañado de una selección comentada de cincuenta títulos imprescindibles.
Este libro parte de una constatación incómoda: el terror ha sido, durante casi toda la historia del cine, un género menospreciado por partida doble. Sus detractores lo descartan de antemano como una sucesión de despropósitos sanguinarios; sus fanáticos más impacientes lo descartan también cuando no entrega un sobresalto cada dos minutos. Frente a ambas exigencias, el autor propone una mirada más equitativa, la del amor al cine por encima de los géneros: el terror es un género, y como tal ha producido obras excelentes y obras fallidas.
Desde esa premisa, el texto reconstruye la genealogía del horror en la pantalla. Comienza en el expresionismo alemán —Caligari, Las manos de Orlac, El estudiante de Praga—, cuya huella recogerán primero la Universal en Estados Unidos y, tres décadas después, la británica Hammer. Se detiene en las dos criaturas fundadoras, Drácula y el monstruo de Frankenstein: muertos que viven, seres cuya vida es miserable pero cuya imagen resulta aterradora para quienes no advierten el sufrimiento sepultado en sus cuerpos. De ahí en adelante, el itinerario pasa por Lon Chaney y el cine mudo, el Nosferatu de Murnau, el doble estreno de 1931 que catapultó a Karloff y Lugosi, la irrupción de la RKO con King Kong, el giro hacia el terror psicológico que abre La mujer pantera, el gótico de castillos y criptas de la Hammer con Terence Fisher, Christopher Lee y Peter Cushing, y la serie B de Roger Corman construida sobre Edgar Allan Poe y el rostro de Vincent Price.
Un capítulo se ocupa de los subgéneros: el gore y su fijación con la vulnerabilidad del cuerpo; el cine catástrofe de los setenta, con sus repartos estelares, sus líneas argumentales excesivas y su sensurround; los slasher films como brazo moralista del género. Otro rastrea la fascinación que el horror ejerció sobre los grandes maestros —Lang, Hitchcock, Polanski, Kubrick, Spielberg, Scott, Cameron, Fincher, Coppola, Branagh— y un tercero, titulado “Fuera de programa”, reúne rarezas y contrabandos: pesadillas expresionistas infiltradas en el policial negro, la parodia de Pierre Etaix, el caso Ed Wood y su consagración de culto, las múltiples lecturas de Jekyll y Hyde, el slasher amable de Monsters Inc., el regreso de los zombis.
La segunda mitad del volumen es una lista razonada de cincuenta películas, ordenada cronológicamente y comentada una por una. No busca el consenso ni la jerarquía: mezcla clase B, íconos, films de culto y obras que superan su género. Cada entrada combina el dato de producción con una lectura breve —por qué Freaks invierte quién es el monstruo, por qué Polanski nunca quiso mostrar al bebé de Rosemary, cómo Tourneur construye el miedo con lo que no se ve, qué hace Bergman con el silencio de la noche.
Atraviesa el conjunto una tesis sobre lo verosímil. El cine de género no aspira a la verdad sino a construir una credibilidad ajena al realismo, y eso exige talento y, casi siempre, dinero que no hubo. De esa carencia nacieron tanto los fracasos como buena parte de los clásicos. El libro cierra advirtiendo que los efectos digitales han logrado una alarmante sensación de realidad sin que eso baste para hacer evolucionar el género, porque cualquier género sobrevive solamente mientras siga contando una buena historia.
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