Sara Elisa tiene cuarenta y nueve años, un divorcio cordial a la espalda, dos hijos adolescentes y un cáncer de mama superado. Cree que el deseo es un territorio clausurado para ella hasta que un tropiezo tonto en una calle de Valencia la…
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Sara Elisa tiene cuarenta y nueve años, un divorcio cordial a la espalda, dos hijos adolescentes y un cáncer de mama superado. Cree que el deseo es un territorio clausurado para ella hasta que un tropiezo tonto en una calle de Valencia la deja en el suelo y un desconocido se agacha a ayudarla. A partir de ahí, esta novela de corte romántico narra cómo una mujer reconstruida por el dolor descubre que la pasión no entiende de relojes biológicos.
Elisa vive con la serenidad de quien ya ha atravesado lo peor. Duerme sola en una cama de uno cincuenta desde hace más de seis años, prepara el café en su cafetera italiana antes de despertar a Violeta y a Marcos, baja al perro para no discutir con nadie y camina veinte minutos hasta la empresa de tapicería y alfombras donde lleva trabajando desde que terminó la carrera. Detrás quedan la separación de Víctor, la muerte de su padre y una enfermedad que la obligó a mirarlo todo de nuevo. Se reconoce dividida en dos: la Elisa que se dejaba arrastrar por la inercia y la Elisa que aprendió a decidir, a saborear los detalles pequeños y a distinguir la morralla de lo que importa de verdad.
Hay, sin embargo, una parcela que da por perdida. El deseo se le apagó mucho antes del divorcio, en aquellos últimos encuentros mecánicos que terminaron por convertir su cama en un territorio de témpanos. Cuando Pedro, el asesor fiscal viudo y atento, le prepara una cena impecable en su ático frente al Mercado Central y le confiesa que la admira desde los días de la peluca y el tratamiento, Elisa solo sabe levantar muros. El problema, concluye, no es Pedro: es que ningún hombre le hace tilín.
El accidente cambia el guion. Distraída por el cartel de un escaparate, tropieza con una silla mal colocada y cae en plena calle peatonal. Quien se agacha a socorrerla es César, un hombre al que había visto desayunar mil veces sin mirarlo nunca: ojos azules sin transparencias, una boca hecha para besar, un perfume con un fondo de lavanda que consigue eclipsar el dolor del tobillo. La acompaña a urgencias, acierta el diagnóstico del esguince, la deja en su portal y desaparece con una cortesía exasperante. Elisa, que se creía a salvo, descubre que lleva días pensando en él.
Lo que sigue es un juego desigual de mensajes escuetos, silencios largos y una primera cita en un café del centro histórico donde el saludo se convierte en un beso que le borra la noción del tiempo. César regenta un club nocturno, es hijo de madre francesa, tiene una hija en París y evita hablar de su pasado. Propone un hotel sin rodeos; ella, recién intervenida, aprende a decir que sí y todavía no. Entre medias está Iván, el compañero de oficina mucho más joven con quien la complicidad es diaria y la admiración, mutua.
Contada en primera persona, con humor, sensorialidad y una franqueza sin coartadas sobre el sexo y el cuerpo, 49 y más allá acompaña a Elisa mientras dos hombres muy distintos entran en su vida justo cuando había dejado de esperar nada. La novela cuestiona el modelo de pareja tradicional y los corsés sociales y educativos heredados, y propone una mirada libre y respetuosa sobre el amor en la madurez. La vida no termina a los cincuenta; a veces, precisamente entonces, empieza.