El 25 de junio de 2015, un padre de familia de vacaciones sale a hacer unos recados con dos de sus hijos después de una noche en vela: la gastroenteritis ha ido cayendo, uno tras otro, sobre la casa.
Descargar
El 25 de junio de 2015, un padre de familia de vacaciones sale a hacer unos recados con dos de sus hijos después de una noche en vela: la gastroenteritis ha ido cayendo, uno tras otro, sobre la casa. Hace calor, hay que recoger las notas del colegio y él lleva desde primera hora sintiéndose irritable, torpe y extraño consigo mismo. Lo que atribuye al virus, al agotamiento o a los nervios resulta ser un infarto agudo de miocardio. Narrada en primera persona y casi minuto a minuto, «48 horas» reconstruye ese día ordinario que se rompe por la mitad —la subida de la cuesta, la cola de la charcutería, el sofá de un bar, la camilla de una ambulancia— y el modo en que una familia entera sostiene, sin saberlo aún, a quien se está apagando.
Todo empieza con una noche mala y nada memorable. Los niños vomitan por turnos, los padres se reparten las guardias hasta las cuatro de la mañana y el narrador acaba durmiendo mal, convencido de que el virus también irá a por él. A la mañana siguiente amanece activo, en el sexto día de unas vacaciones que necesitaba de veras, con un plan simple: cuidar del bebé, hacer unos encargos y llegar al colegio a la hora de las notas. Es esa hora, la de las calificaciones extraordinarias, la que tensa el día entero: uno de los mellizos se juega poco, la otra se lo juega todo.
Durante buena parte del relato no pasa nada y pasa todo. Un zapato perdido, dos llamadas mal despachadas, una empleada de charcutería que no merece el tono que recibe, un cigarrillo tras otro, una cuesta demasiado empinada. El narrador se observa a sí mismo comportarse mal y no logra corregirse: se describe como un fósforo rozando la lija de su caja. Solo después entenderá que aquella irritabilidad sin causa era ya un síntoma. La sequedad en el pecho, las náuseas sin vómito, el sudor imposible de explicar y la fuerza que le impide levantarse se leen primero como bajada de tensión, luego como ataque de ansiedad, y solo al final, en boca de un médico que no suaviza nada, como lo que son.
A partir del bar de la esquina la narración se abre en dos hilos que corren en paralelo: el del cuerpo que se derrumba sobre un sofá, rodeado de preguntas de protocolo, electrocardiogramas y una aspirina imposible de tragar; y el del patio del colegio, donde su mujer, Ikerne, y sus hijos reciben unas notas que ya no significan lo mismo. Ese montaje —lo trivial y lo irreversible ocurriendo a cien metros de distancia— sostiene la tensión del libro sin necesidad de subrayados. Alrededor aparece un coro de secundarios retratados con pocas líneas y buen oído: la camarera imperturbable, el enfermero al que el narrador pide permiso para llorar, el cliente que declara no poder ayudar «porque no soy de aquí».
El texto avanza hacia un umbral que el propio narrador se niega a mitificar: un intervalo sin dolor, sin túnel y sin luz, una ausencia de la que dice, con honestidad desarmante, que las palabras no alcanzan a describir. El título anuncia el marco temporal comprimido en el que se juega el resto. Escrito con un lenguaje llano, sentido del humor incluso en el peor momento y una conciencia constante de la propia culpa, «48 horas» es a la vez crónica clínica y carta de gratitud: hacia la mujer que llega en tiempo récord cuesta abajo, hacia los hijos que no deberían haber visto la ambulancia, y hacia todas las personas que, según su dedicatoria, fueron un latido de más. Interesará a quien busque testimonios de enfermedad contados desde dentro, sin heroísmo ni autocompasión, y a cualquiera que reconozca en sus páginas la fragilidad de un día cualquiera.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.