Ana Gómez tiene cuarenta y cinco años, un adosado en un pueblo de Madrid, dos adolescentes que apenas levantan la vista del móvil, un marido instalado en el sofá y un lechón vivo en el patio que su padre le ha encargado engordar para la…
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Ana Gómez tiene cuarenta y cinco años, un adosado en un pueblo de Madrid, dos adolescentes que apenas levantan la vista del móvil, un marido instalado en el sofá y un lechón vivo en el patio que su padre le ha encargado engordar para la cena de Nochebuena. Contada en primera persona y con un humor que no perdona ni a quien lo escribe, esta novela recorre los atascos, las oficinas, las fajas reductoras y los ridículos cotidianos de una mujer que intenta reconocerse en el cuerpo y en la vida que le han tocado.
Empieza en Navidad, que es cuando todo se concentra: la dieta que no se hace pero se piensa sin descanso, la familia que se autoinvita, el padre que decide el menú sin negociación posible y que aparece con un cerdo vivo bajo el brazo para que su hija lo críe con cariño hasta el 24 de diciembre. Ana Gómez, la narradora, asiste a su propia vida con una mezcla de resignación y sarcasmo que es, en el fondo, su única forma de defensa.
El retrato que va armando capítulo a capítulo es tan reconocible que incomoda un poco. Cien kilómetros diarios de coche y de atascos donde inventa la vida de los demás para no pensar en la propia. Una oficina donde el jefe la arrastra a comidas con clientes que nadie quiere, una becaria de veintidós años que sabe exactamente dónde duele y unos correos escritos con la cabeza en otra parte. Una casa donde el marido no entiende por qué ya no hay ganas de nada, unos hijos que han pasado a la fase del ‘no te necesito’ y una madre que en algún momento dejó de aparecer en la lista de prioridades de todos, incluida ella misma.
La novela avanza por episodios que funcionan como pequeñas catástrofes domésticas: un vestido ceñido estrenado con una faja comprada de madrugada en la teletienda y el desastre memorable que provoca en un mesón lleno de señores septuagenarios; un cruce de palabras con dos chavales en un aparcamiento que Ana convierte en victoria moral; una tarde de copas con amigas donde la conversación deriva hacia juguetes eróticos y deja al descubierto cuánto tiempo llevaba sin preguntarse qué le apetece; una visita clandestina a un sex shop en liquidación y la compra impulsiva que acabará poniendo a prueba, con resultados no del todo previstos, una cena de reconciliación con su marido.
Detrás de las carcajadas hay algo menos amable y más honesto: la sensación de haber perdido el cuerpo de los treinta y, con él, una parte del lugar propio en el mundo; el cansancio de ser el eje logístico de una casa que solo se acuerda de una a la hora de la cena; la pregunta incómoda de si el aburrimiento es de la vida o de una misma. Ana no ofrece respuestas ni lecciones. Se limita a contarlo todo tal como le pasa, con una lengua afilada que reparte por igual entre los demás y ella misma, y con esa terquedad de quien decide que todavía quiere ver cómo termina su propia película.
Una comedia costumbrista escrita desde dentro, para lectoras y lectores que reconozcan el atasco, la báscula, el mensaje del instituto y el portazo de las siete de la tarde.
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