Memorias noveladas y sin filtros de BB Easton: una psicopedagoga especializada en modificación de conducta descubre que su marido —metódico, impasible, emocionalmente hermético— lee a escondidas su diario íntimo, y decide convertir ese…
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Memorias noveladas y sin filtros de BB Easton: una psicopedagoga especializada en modificación de conducta descubre que su marido —metódico, impasible, emocionalmente hermético— lee a escondidas su diario íntimo, y decide convertir ese hallazgo en un experimento. Entre entradas de diario, correos y recuerdos de sus antiguos amores, cuarenta y cuatro capítulos recorren el pulso entre la estabilidad que eligió y la pasión que nunca dejó de buscar.
La narradora de esta obra trabaja a diario con conductas ajenas: evalúa, mide, diseña estrategias para que los demás cambien. En su propia casa, sin embargo, se topa con el caso que no sabe resolver. Su marido, Ken, es impecable en todo lo que la vida adulta exige —paga las facturas, cumple los plazos, no falla nunca— y, al mismo tiempo, resulta casi inaccesible en lo que ella más necesita: el gesto espontáneo, el deseo, la temperatura de un cuerpo que responde. Frente a ese muro cortés, empieza a escribir un diario. No como terapia ni como denuncia, sino como válvula de escape privada donde poner lo que no encuentra en su matrimonio.
El plan se descompone el día en que Ken empieza a leerlo. Lejos de convertirse en un conflicto, la intrusión abre una posibilidad inesperada: si él lee, ella puede escribir para que lea. Con el asesoramiento entusiasta de su mejor amiga y la desenvoltura de quien sabe exactamente cómo se construye un refuerzo, la narradora convierte sus páginas en un laboratorio. Cada entrada se calibra, cada confesión se coloca en el lugar preciso. Durante un tiempo, el método funciona con una eficacia casi cómica. Después deja de hacerlo, y ahí es donde el libro deja de ser una anécdota ingeniosa para volverse algo más incómodo y más honesto.
En paralelo al presente conyugal avanza una segunda línea: el inventario de los hombres que la precedieron. El novio del instituto cuya devoción se parecía demasiado a una forma de captura; el conductor temerario con antecedentes; el bajista de metal que escondía una sensibilidad inesperada. Son retratos que la autora no idealiza ni condena: los observa con la misma mirada clínica y burlona con la que se observa a sí misma a los quince años, comprando un sándwich de cumpleaños sin medir las consecuencias. La estructura en cuarenta y cuatro capítulos y cuatro hombres funciona como una comparación permanente entre lo que se desea a los quince y lo que se elige a los treinta y tantos.
El tono es el gran hallazgo del libro. Escrito en primera persona, con una voz que alterna el chiste soez y la autoconciencia incómoda, incorpora entradas de diario, correspondencia, listas y hasta un glosario de palabras inventadas que funciona como manifiesto de humor propio. La autora advierte desde el principio que se trata de hechos reales adornados, exagerados y con los nombres cambiados; esa declaración libera al texto de la solemnidad de las memorias y le permite reírse de sus peores decisiones sin dejar de tomárselas en serio.
Detrás de la comedia hay una pregunta que sostiene las cuatrocientas páginas: qué se paga por elegir la seguridad, y si el deseo puede reaprenderse dentro de una relación larga en lugar de buscarse fuera. Por su lenguaje explícito, su humor sin frenos y su contenido sexual sin eufemismos, es una lectura estrictamente para público adulto. Quien la acepte encontrará un relato desvergonzado sobre el matrimonio, la nostalgia de los amores destructivos y la posibilidad —nunca garantizada— de reescribir a alguien escribiendo sobre él.
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