Un corredor popular llega a la meta del maratón de Nueva York con una medalla al cuello y una confesión pendiente: el año anterior, cuando la carrera fue cancelada, mató al alcalde de la ciudad exactamente en el punto donde hoy cruza la…
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Un corredor popular llega a la meta del maratón de Nueva York con una medalla al cuello y una confesión pendiente: el año anterior, cuando la carrera fue cancelada, mató al alcalde de la ciudad exactamente en el punto donde hoy cruza la línea. Narrado en segunda persona hacia el muerto, el relato avanza en cuenta atrás kilómetro a kilómetro, alternando la euforia física de los últimos metros con el recuerdo frío del disparo, las pistas sembradas en el recorrido y una huida a través de Estados Unidos.
Un cuerpo aparece al amanecer en un rincón de Central Park, a la altura de la Calle W67, con la cabeza destrozada por un solo disparo. No es un cadáver cualquiera: es el alcalde de Nueva York, empresario poderoso y hombre de muchos enemigos. La autopsia entrega la única pista que el asesino quiso dejar: una cifra grabada en la bala, 42,2. No 26,2 millas, sino kilómetros, un detalle que revela dos cosas a la vez —que el crimen apunta al maratón más famoso del mundo y que quien apretó el gatillo no venía de un país anglosajón.
La voz que cuenta todo esto es la del propio asesino, y habla directamente al muerto. Es un corredor europeo, de dinero y tiempo libre, que había viajado a Nueva York para correr la edición cancelada tras el paso del huracán Sandy. Lo que lo empujó al crimen no fue su propia decepción —asegura tener el temple de un fondista para encajar imprevistos— sino las caras de los otros: la chica que lloraba en el hotel porque su viaje de novios se quedaba sin meta, el hombre maduro derrotado, los casi cincuenta mil inscritos que se quedaron con la ilusión a medias. Se erige entonces en justiciero por delegación, un David que decide ajustar cuentas con Goliat.
La novela se estructura como una cuenta atrás: cada capítulo lleva el número de un kilómetro del maratón, del 42 hacia el 0, y transcurre mientras el narrador corre por fin la carrera un año después. En el presente están la pierna que duele desde antes de la mitad, los puentes que se hacen tortura, el clamor del público en Central Park South, la certeza física de que ya no se abandona. En el pasado se despliega la crónica minuciosa del crimen: la compra del arma en una esquina entre Harlem y el Bronx con acento argentino fingido, el seguimiento del alcalde desde el Lincoln Center hasta una cena sin importancia, la espera tras un árbol junto al Tavern on the Green, el disparo en la línea de meta exacta. Y después la calma sin remordimiento: el metro hasta Penn Station, la cena rápida, los Bloody Marys en la terraza del hotel frente a un Empire State iluminado de rojo.
Las pistas que va sembrando funcionan como firma más que como desafío: la cifra en la bala, un dorsal escrito con rotulador en un poste del kilómetro 42, la medalla inútil del año que no corrió escondida entre unas rocas en el kilómetro 40, una camiseta con fecha y banderas oculta junto a la estatua de Simón Bolívar. Quiere que se sepa por qué mató, no quién lo hizo. Después vendrá la fuga deliberadamente lenta —Washington, el paseo frente a la Casa Blanca, la travesía en sentido inverso a la Race Across America hasta Los Ángeles— con un imprevisto que se insinúa desde el principio y que dejó, según admite, un buen rastro a lo ancho del país.
Sobre todo ello planea la obsesión que da su verdadero tema al libro: la ilusión y el sueño como sinónimos de la vida. La felicidad, sostiene el narrador, reside en la antesala de la felicidad, en el instante anterior a alcanzar lo deseado; cumplir un sueño es también empezar a perderlo, porque los sueños y los recuerdos terminan ocupando el mismo rincón de la memoria. Por eso, al cruzar la meta que le fue negada, anuncia con la misma serenidad con que contó el crimen que todo terminará para él en cuanto llegue a su hotel: tiene una cita concertada con su propio destino. Novela de confesión y de carrera, es a la vez un thriller de venganza y un retrato desde dentro del corredor de fondo, de esa mente entrenada para no escuchar al cuerpo.
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