En «4:36», Anna de Ulibarri sigue a Ana, una historiadora recién graduada de veintidós años que viaja a el Rosario —un caserío de tres calles perdido entre cerros verdes, nacido de una mina de plata novohispana y abandonado por sus…
Descargar
En «4:36», Anna de Ulibarri sigue a Ana, una historiadora recién graduada de veintidós años que viaja a el Rosario —un caserío de tres calles perdido entre cerros verdes, nacido de una mina de plata novohispana y abandonado por sus fundadores— para fotografiar una pequeña pintura anónima del siglo XVIII y terminar su tesis. La novela arranca por el final, con un golpe, una caída al vacío y su nombre de tres letras gritado a lo lejos, y desde ahí retrocede para contar cómo una investigación de archivo se convirtió en otra cosa. Entre la crónica del pueblo, la memoria del abuelo pintor y la casa de una anciana que aún espera a su hijo, el relato construye un mundo donde el pasado no es materia de estudio sino presencia.
Ana solo quería titularse. A los veintidós años, con una carrera de Historia recién terminada y una pasión declarada por todo lo que huela a viejo —la paleografía, las monedas de cobre, las crónicas decimonónicas, la ópera de Wagner y las canciones de arrabal que le heredó su abuelo—, su idea de la felicidad cabía entera en un trabajo de tesis. El director que le asigna la Universidad, un octogenario de anteojos redondos y prestigio intimidante, le señala el destino con una sola frase: tendrá que ir al Rosario, una ranchería casi desconocida en una zona de difícil acceso, donde una capilla diminuta guarda una pintura anónima del siglo XVIII sobre la Santísima Trinidad antropomorfa, con indígenas retratados como donantes.
El viaje ocupa las primeras páginas y funciona como una despedida gradual del mundo conocido: seis horas de autobús hasta San Miguel de Tepehuacan, una fonda de manteles de plástico amarillo, y por fin un taxi rudimentario por un camino de terracería. El chofer —bonachón, parlanchín, con manos que Ana imagina dirigiendo la Novena de Beethoven— le entrega en el trayecto todo lo que necesitará saber del pueblo: quién tiene la única tienda, quién baja los domingos a vender, quién renta un cuarto. Cuando el coche se aleja, Ana descubre que no hay señal telefónica, que el pueblo tiene tres calles a la redonda y que ha quedado sola en un lugar detenido en el tiempo.
De la Ulibarri intercala esa llegada con dos historias que sostienen el libro por debajo. Una es la del propio Rosario, fundado por familias criollas que cargaron durante dos meses una talla de la Virgen entre recuas de mulas, rezos y miedo, para explotar una mina de plata que después agotaron y abandonaron, dejando atrás casas de adobe, una capilla y unas gárgolas de hechura indígena. La otra es la de don Andrés Moreno, el abuelo pintor que le enseñó a Ana a mirar cuadros y a escuchar música, y cuya muerte le abrió un agujero negro en el pecho que tardó meses y un sueño en cerrarse. Esa herencia explica por qué una historiadora sin formación en arte eligió una pintura como objeto de estudio.
En el pueblo la recibe doña María, una mujer de setenta y tantos que borda servilletas en la banqueta, vende hierbas medicinales y conserva arreglado el cuarto de un hijo que se fue a Estados Unidos hace veinte años y del que nadie ha vuelto a saber. En su casa de patio de tierra y macetas en desorden, Ana se instala para trabajar. Los títulos que organizan la novela —el convento, el diario de María Merced, el incendio, un cura, un ángel, una niña— anuncian que la estancia no se limitará a fotografiar un cuadro mal iluminado.
El marco temporal está fijado con precisión: lunes 26 de junio de 2017, las horas anotadas capítulo a capítulo, y un título que es una hora exacta. Sobre esa cuadrícula, la voz de Ana —irónica, culta, autoconsciente de su propia rareza— sostiene un relato que empieza como diario de investigación y se abre hacia el misterio, la fe popular y la posibilidad de habitar otro tiempo, que era desde el principio lo único que ella de verdad deseaba.