Un hombre que vive viajando y una mujer que echa raíces en Roma sellan, medio en broma, un pacto escrito en una servilleta: cenar juntos tres veces al año, en marzo, julio y diciembre, alternándose la elección del restaurante.
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Un hombre que vive viajando y una mujer que echa raíces en Roma sellan, medio en broma, un pacto escrito en una servilleta: cenar juntos tres veces al año, en marzo, julio y diciembre, alternándose la elección del restaurante. Durante siete años cumplen el trato y construyen una intimidad que no necesita explicaciones. Hasta que ella anuncia que se ha enamorado, y él descubre, tarde, qué nombre tenía lo que sentía. Una novela breve sobre la amistad entre un hombre y una mujer, el momento exacto en que deja de serlo y el precio de callarlo.
Carlo Basile busca rutas de aventura para una agencia de viajes: pasa el año entre la Patagonia, los Alpes y el norte de Namibia, y regresa a Roma como quien vuelve a un puerto conocido. Sofía Soletti dirige un equipo en una empresa tecnológica del centro de la ciudad, escucha jazz sin descanso y tiene una capacidad poco común para hacer las preguntas incómodas. Se conocieron en la fiesta de un amigo, en un verano en que ninguno de los dos estaba disponible para nada parecido al amor: él salía de una relación larga, ella arrastraba un engaño que aún no había contado a nadie. Esa noche hablaron de sinceridad, de infidelidades y de lo que se le debe a un amigo, y descubrieron que dos desconocidos pueden convertirse en confidentes en un par de horas.
Aquel verano lo pasaron juntos y en secreto, escondiéndose de conocidos comunes para que nadie los tomara por pareja. Cuando el trabajo volvió a separarlos, improvisaron un remedio: un contrato firmado sobre una servilleta de restaurante que los obliga a verse tres veces al año —el cumpleaños de él en marzo, el de ella en julio, las fiestas de diciembre—, siempre a cenar, siempre organizando uno cada vez, y con una cláusula temeraria para quien incumpla: conceder al otro un deseo. El destino de cada cena se vuelve un secreto celosamente guardado, y la sorpresa, parte del rito.
Siete años de correos escuetos y postales sueltas no erosionan nada: cada reencuentro empieza donde terminó el anterior. La novela arranca cuando esa mecánica perfecta se agrieta. En una cena de diciembre, Sofía menciona a un hombre de su empresa recién trasladado desde Berlín y pronuncia, por primera vez en todos esos años, la palabra enamorada. Carlo sonríe, brinda, dice lo que se espera de un buen amigo, y sube al avión con una incomodidad que no sabe nombrar.
Lo que sigue es un calendario sentimental contado a tres tiempos. En julio, un restaurante frente al Mediterráneo, un cuarteto improvisado de conservatorio y un baile en la terraza lo dejan sin coartadas: hay un beso que no llega a producirse, una llamada que lo interrumpe todo y un trayecto de vuelta en silencio, con las manos entrelazadas. En diciembre, bajo el sol de la sabana y con la memoria de una cena en la que ella anuncia su boda, Carlo toma una decisión inspirada por los cocodrilos del río Kunene: aprender a esconderse, a esperar sin ser visto, no para atacar sino para no perder lo único que le queda. En marzo vuelve a Roma dispuesto a ser solo el mejor amigo, y la ciudad lo pone a prueba de la manera más cruel posible: acompañándola a comprar el ajuar de su noche de bodas.
Narrada en primera persona, con diálogo ágil y una ironía que sirve de escudo, la novela avanza por escenas —restaurantes, aeropuertos, carreteras de costa, campamentos en el desierto— y encuentra su tensión en lo que no se dice. Bajo el epígrafe de Oscar Wilde sobre las tentaciones, plantea preguntas que sus propios personajes formularon la noche en que se conocieron: si la sinceridad total es siempre un acto de amor, qué se le debe a alguien a quien se quiere, y si hay algo peor que perder a esa persona: seguir a su lado fingiendo que basta.