Ellie Jerome cumple 75 años y, lejos de sentirse sabia, envidia a su nieta Lucy: la educación que no tuvo, el matrimonio que eligió su madre, los años de callar.
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Ellie Jerome cumple 75 años y, lejos de sentirse sabia, envidia a su nieta Lucy: la educación que no tuvo, el matrimonio que eligió su madre, los años de callar. En la fiesta que le organiza su hija Barbara, sopla veintinueve velas y pide un deseo imposible: volver a tener 29 años, aunque sea un solo día. A la mañana siguiente, el espejo del recibidor le devuelve un rostro sin arrugas. Comedia agridulce sobre el arrepentimiento y las segundas oportunidades.
Ellie Jerome ha cumplido setenta y cinco años y no piensa fingir que le gusta. Desde una primera persona confesional, irónica y sin filtro, repasa la distancia entre lo que se espera de una mujer de su edad —serenidad, sabiduría, gratitud— y lo que de verdad siente: rabia, nostalgia y una envidia que jamás diría en voz alta hacia Lucy, su nieta de veinticinco años.
El relato avanza como un inventario de arrepentimientos. La escuela de secretarias a la que la llevó su madre en lugar de la carrera de literatura que soñaba; el noviazgo de apenas nueve meses con Howard, un abogado diez años mayor al que aceptó a los diecinueve porque «Howard es seguridad»; cincuenta años de matrimonio cómodo y desigual, con viajes, joyas, infidelidades olidas en el cuello de una camisa y tarjetas de crédito emitidas a nombre de «Sra. de Howard Jerome». También la piel castigada por décadas de sol sin protección, los quirófanos y las cremas, y aquella noche de 1962 en que un hombre le dijo que era hermosa y ella solo supo responder con una risita recatada.
La muerte repentina de Howard, dos años atrás, lo reordenó todo: la casa de las afueras vendida, un apartamento frente a la plaza Rittenhouse, una habitación entera convertida en vestidor donde cada prenda guarda una fecha. Allí conviven sus dos vínculos centrales: Barbara, la hija de cincuenta y cinco años que la vigila y la exaspera a partes iguales, y Lucy, la nieta diseñadora que copia sus modelos antiguos y adoptó su apellido para firmar su marca.
En la fiesta de cumpleaños, ante una tarta con veintinueve velas, Ellie pide un deseo que le parece razonable: un solo día de vuelta en los veintinueve, para hacer lo que no hizo y valorar lo que dio por sentado. A la mañana siguiente descubre que el cuerpo ha obedecido —las gafas ya no le sirven, las cejas han vuelto, el espejo del recibidor le devuelve a una desconocida— y que ahora tendrá que decidir qué hacer con veinticuatro horas imposibles, empezando por esconderlas de su hija.
Comedia agridulce y retrato generacional, la obra emplea un giro fantástico mínimo para hablar de algo muy concreto: las vidas que no se eligieron y el precio de haber callado.
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