Veinticinco cuentos breves, pensados para leerse en unos cinco minutos cada uno, que reinventan con humor el imaginario clásico de la infancia: los tres cerditos antes de conocer al lobo, un ratón más antiguo que el ratoncito Pérez, un rey…
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Veinticinco cuentos breves, pensados para leerse en unos cinco minutos cada uno, que reinventan con humor el imaginario clásico de la infancia: los tres cerditos antes de conocer al lobo, un ratón más antiguo que el ratoncito Pérez, un rey demasiado enamorado de su espejo, una princesa que no sabe esperar y una tejedora persa cuya alfombra acabó volando. Historias ágiles, de final ingenioso, ideales para la lectura en voz alta antes de dormir.
Esta antología reúne veinticinco relatos cortos que funcionan como pequeñas piezas independientes y, a la vez, como un juego compartido: casi todos parten de un personaje, un objeto o una escena que el lector ya cree conocer, y se detienen justo un paso antes —o un paso después— del cuento tradicional. El resultado es una colección de orígenes, secuelas y notas al margen del folclore infantil, contadas con un ritmo pensado para caber en los cinco minutos que dura un cuento antes de dormir.
El volumen abre con los tres cerditos, todavía viviendo bajo el mismo techo y peleándose por leer, dibujar o jugar a la pelota, hasta que un encargo doméstico y un balón mal lanzado los llevan a caer, literalmente, sobre la tarta de cumpleaños de un lobezno que nunca les perdonará las velas sin soplar. Le sigue Sánchez, un ratón tan diminuto que un golpe de viento lo convierte en globo y lo pasea por encima de la esquina de los gatos, la jaula de los elefantes de un circo y una fábrica de ratoneras. Después llega Filiberto, el rey presumido a quien una bruja ofendida condena a ver en su espejo no su rostro, sino su carácter; y Abiwatana, la princesa africana cuya impaciencia le impide escuchar las instrucciones de una poción justo cuando más falta le hacen.
Otras piezas cambian de registro sin perder la ligereza. Un zorro y una liebre, cansados de perseguirse, pactan turnarse para llegar al pie del arcoíris y descubren que el tesoro no era la olla de oro. Arturo, osezno harto de la sopa de calabacín materna, aprende a base de abejas, martines pescadores y una trampa de cazador que la cena de casa no estaba tan mal —y regresa a una cabaña donde alguien ya ha probado los tres platos—. En Isfahán, la anciana Halima teje contrarreloj para conservar su casa y son las palomas mensajeras que ha alimentado, y no la magia, las que explican por qué en Persia se habla de alfombras voladoras. Un hada enamorada de un ogro pide a sus amigas que la afeen a conciencia, y una bruja presumida y corta de vista espera un príncipe mientras un pretendiente rechazado prepara su venganza.
Completan el índice títulos que anuncian su propia travesura —por qué las torres de los castillos son puntiagudas, por qué los duendes tienen la nariz tan larga, qué encontró Pulgarcito en la panza de una vaca, adónde fueron los unicornios—, junto a genios, faquires, espantapájaros, abejas, sirenas y abuelas glotonas. La colección apuesta por diálogos vivos, personajes con manías reconocibles y desenlaces que suelen guiñar el ojo al cuento que el lector tenía en la cabeza, dejando siempre una moraleja discreta: cuidar de los hermanos, tener paciencia, compartir el pan, agradecer lo que hay en la mesa.
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