En un edificio del casco antiguo de Gijón, una fisioterapeuta recién llegada y su vecino de enfrente empiezan a conocerse a lo largo de los veinticuatro días previos a la Navidad.
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En un edificio del casco antiguo de Gijón, una fisioterapeuta recién llegada y su vecino de enfrente empiezan a conocerse a lo largo de los veinticuatro días previos a la Navidad. Ella adora las luces, los mercadillos y los rituales de diciembre; él, traductor y ciego de nacimiento, ha construido una vida autónoma y reservada. Entre cajas de mudanza, un gato escapista y un táper de galletas, la cordialidad forzada da paso a una complicidad que ninguno esperaba.
Paola llega a Gijón con el maletero lleno de cajas y pocos días por delante antes de estrenar trabajo como fisioterapeuta en una residencia de ancianos. Deja atrás Villaviciosa y alquila, a través de una inmobiliaria, uno de los dos apartamentos en que un matrimonio jubilado ha dividido la planta alta de su casa, en la parte antigua de la ciudad, a un paso del paseo marítimo y del cerro de Santa Catalina. El primer contacto con su vecino no podría ser peor: el hombre del 1ºA tropieza con sus cajas, farfulla algo y se encierra sin más. Ella lo etiqueta de maleducado; él, que lleva años defendiendo su espacio con celo y al que en el barrio llaman el ermitaño, teme sobre todo haber heredado otra inquilina ruidosa.
La novela avanza como un calendario de adviento: un capítulo por cada día del 1 al 24 de diciembre, alternando el punto de vista de ambos. Ese formato permite que la historia respire al ritmo de la ciudad en fiestas —escaparates encendidos, mercadillo navideño, olor a canela y a buñuelos, tardes de manta y película— mientras las escenas cotidianas van corrigiendo, poco a poco, la primera impresión. Un gato blanco de cola tricolor que se cuela en el rellano revela lo que Paola no había sabido leer: Bruno es ciego. A partir de ahí, la convivencia deja de ser un intercambio de saludos secos y se convierte en un aprendizaje mutuo.
Bruno trabaja como traductor de inglés e italiano, nada varias veces por semana, sale a correr atado por una cuerda a Martín, su entrenador y amigo, y da clases en el centro cívico. Cocina de más y reparte raciones entre los vecinos. Su hermano Leo aparece con patatas y cerveza los días de partido y le gasta bromas sin miramientos, precisamente lo que él más agradece: que nadie lo trate como si fuera a romperse. Lo que sí lo desarma es la lástima ajena, ese tono cauteloso que reconoce en la calle, en el autobús, en las conversaciones. De Paola le sorprende justo lo contrario —que no cambie el registro con él— y esa naturalidad es la grieta por la que empieza a entrar alguien nuevo.
Ella, por su parte, sostiene la otra mitad del relato: los nervios del primer día de trabajo, los pacientes difíciles, las primeras amistades en la ciudad, una casera charlatana que la mete en casa a la fuerza y una devoción por la Navidad que no heredó de su familia, sino que se construyó a sí misma al independizarse. Entre un paquete recogido por error y un número de teléfono pedido con torpeza calculada, los mensajes nocturnos empiezan a alargarse más de lo necesario.
“24 días de diciembre” es una novela romántica navideña de tono amable y cercano, con protagonistas de treinta y pocos y un escenario asturiano muy reconocible. Su interés no está en los grandes giros, sino en el detalle: cómo se describe un mercadillo a quien no puede verlo, cómo se elige una vela por el olor, cómo dos personas acostumbradas a estar solas —una por convicción, la otra por rutina— van encontrando excusas para llamar a la puerta de enfrente.
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