Diez años después del colapso, lo que queda de Iberia sobrevive tras un muro levantado en la cordillera cantábrica: al sur, un calor inhabitable y las comunidades de infectados por el Virus G; al norte, racionamiento, propaganda y una…
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Diez años después del colapso, lo que queda de Iberia sobrevive tras un muro levantado en la cordillera cantábrica: al sur, un calor inhabitable y las comunidades de infectados por el Virus G; al norte, racionamiento, propaganda y una guerra mundial detenida en falso. Cuando un buque militar arde frente a la cala donde vive Eva Salazar, periodista independiente habituada a trabajar con las persianas bajadas, el mar devuelve a la orilla militares heridos, hombres con camisa de fuerza y una mujer que escapa hacia el bosque. La exclusiva con la que Eva pensaba cerrar el año se transforma en una pregunta mucho más peligrosa: qué transportaba realmente ese barco.
Corre el año 2032 y el mundo lleva una década roto. Un patógeno de origen nunca aclarado, el llamado Virus G, convirtió a millones de personas en No-Humanos: infectados que no están muertos ni han perdido la conciencia, pero a quienes un hambre insaciable arrastra a una violencia sin freno. La epidemia sirvió de coartada para una guerra entre bloques que aún no ha llegado al arma nuclear, y el calentamiento global —cinco grados más— hizo el resto. En Iberia, la respuesta fue un muro: todo lo que queda al sur de la cordillera cantábrica es territorio inhóspito, y todo lo que queda al norte vive de la electricidad racionada, del agua por turnos, de una televisión convertida en aparato de propaganda y de una internet que solo existe para los militares y para quien pueda pagarla a los NetDealers.
La novela se abre lejos de allí, en una carretera vacía del sur. Un científico conduce con la certeza de llevar consigo el final del hambre y de la guerra: un prototipo capaz de bajar la temperatura del planeta. No llega. El accidente, la horda y el último pulso del artefacto sellan el prólogo con un relevo: la misión pasa a una mujer llamada Nuria.
En el norte, Eva Salazar Herrero vive sola sobre una cala de Dena, un pueblo de Cantabria, con cuatro estanterías de libros y películas de un mundo que ya no se produce y un estudio a oscuras para no ser fotografiada por drones. Escribe para un diario clandestino especializado en política internacional y se sabe vigilada. Una explosión de madrugada la lleva a la playa: un buque de la marina arde a pocos metros de la costa y la marea empuja cuerpos a la arena. Entre los uniformes militares aparecen hombres inmovilizados con camisas de fuerza, y una mujer desnuda y herida que se niega a ser socorrida y desaparece entre los árboles.
A partir de ahí la historia avanza en tres voces que se buscan sin saberlo. Eva entra en el pueblo en cuarentena disfrazada de voluntaria, con la ayuda incómoda de Daniel, inspector de policía y confidente ocasional, para averiguar qué se estaba transportando y por qué los oficiales de alto rango fueron evacuados en helicóptero antes del amanecer. Nuria, recién salida de un encierro del que apenas habla, se mueve por las calles vigiladas en busca de Ángel, el único que puede llevarla de vuelta al sur a recuperar el artefacto. Y entre ambas se interpone un despliegue militar desproporcionado, con hombres trajeados que llegan en coches negros y periodistas retenidos a las puertas de la plaza.
El resultado es un thriller postapocalíptico de ritmo corto y escenarios reconocibles —costa cantábrica, pueblos de piedra, tejados ajardinados contra el calor—, más interesado en el control de la información que en el espectáculo de la catástrofe. Bajo la trama de supervivencia late una pregunta incómoda que los epígrafes anuncian desde la primera página: qué precio tiene seguir siendo uno mismo cuando el relato oficial ya ha decidido qué es humano y qué no lo es.