Una novela que finge ser tres, firmada por un George Orwell que en realidad es Roberta Antonia Wilson: en 2023 no quedan naciones ni paraísos fiscales, solo cinco corporaciones que lo poseen todo, y una joven llamada Winnie Smith empieza a…
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Una novela que finge ser tres, firmada por un George Orwell que en realidad es Roberta Antonia Wilson: en 2023 no quedan naciones ni paraísos fiscales, solo cinco corporaciones que lo poseen todo, y una joven llamada Winnie Smith empieza a sospechar de su propia felicidad cuando un cartel casero le pregunta qué está pasando.
El libro se presenta como un hallazgo: un ejemplar en ucraniano rescatado del bar de un hotel en la isla de Jura, escaneado, traducido a máquina y devuelto a la imprenta décadas después de haber sido escrito. Alrededor de ese objeto se despliega una cadena de atribuciones falsas y prólogos que se contradicen —una advertencia inicial, un prefacio editorial, un libro dentro de otro libro— hasta que resulta imposible distinguir al autor del personaje, y esa imposibilidad es precisamente el juego.
En el relato central, el año es 2023 y el mundo ha sido comprado. Los estados-nación fueron liquidándose uno a uno, primero por quiebra y después por conveniencia, hasta que la última isla soberana negocia su venta accionarial. Lo que queda son cinco compañías —buscadores, tiendas, redes, enciclopedias, teléfonos— que reemplazaron a los gobiernos y, de paso, resolvieron el hambre, la guerra, la energía y hasta la disputa sobre la existencia de Dios. La violencia se disolvió en modelos de negocio; los antiguos fanatismos se reconvirtieron en canales de vídeo rentables; la educación se volvió gratuita y universal a cambio de que cada niño alimente su propia página desde los cinco años. Nadie parece haber perdido nada, y ese es el problema.
Winnie Smith vive dentro de esa paz. Toma el mismo café cada mañana, fotografía la espuma, mide su ánimo en «me gusta» y seguidores, y contempla siempre a la misma ardilla en el mismo árbol. Una mañana ve un cartel mal pegado, tinta barata sobre papel blanco, con una pregunta grosera y sin logotipo, y algo se le remueve: una nostalgia sin objeto, una ira que creía extinguida, un deseo de escribir a mano en un cuaderno que nadie vaya a ver ni compartir ni aprobar. Lo que su mano escribe sin permiso la asusta más que cualquier cosa que haya publicado en su vida.
A esa trama se le superpone otra. Una voz narradora que no sabemos de quién es interrumpe la historia para admitir que quizá fue ella quien pegó los carteles, que aún no ha decidido en qué ciudad vive su protagonista y que el lector puede elegirla. Y al final de casi cada capítulo aparece un diario fechado cuarenta años antes, escrito en una casita del norte de Jura por una mujer de cincuenta y ocho años que llegó en motocicleta, bebe whisky en el único bar de la isla y confiesa sin rubor de qué dos monumentos literarios del siglo XX está tomando prestado todo. Tres narraciones, una sola sustancia: la crónica corporativa, la voz que la interrumpe y el cuaderno de quien la inventa.
El resultado es menos una distopía que un chiste larguísimo y meticuloso sobre la autoría, la numerología, la música pop y las mitologías que un par de bromistas pueden construir alrededor de sí mismos. Homenaje declarado y saqueo alegre a la vez, la obra avanza sabiendo que su propio andamiaje —los prólogos, los seudónimos, las cifras que se repiten— es tan ficticio como el mundo que describe, y que en 2023 la vigilancia ya no necesita imponerse: basta con que resulte cómoda.
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