Dos ingenieros —una especializada en grandes obras civiles, otro en instrumentación científica de precisión— escriben durante el confinamiento un recorrido divulgativo por su oficio.
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Dos ingenieros —una especializada en grandes obras civiles, otro en instrumentación científica de precisión— escriben durante el confinamiento un recorrido divulgativo por su oficio. A lo largo de veintiún capítulos, cada uno formulado como una razón, recorren desde los orígenes bélicos de la disciplina y su institucionalización en el siglo XVIII hasta la nanotecnología, la exploración espacial o las energías nuevas. Con humor, anécdotas personales y rigor, defienden que la ingeniería es, ante todo, ingenio aplicado a transformar el mundo.
Hay libros que nacen de un encierro. Este empezó cuando dos ingenieros, ella en Madrid y él en Granada, se quedaron en casa durante la pandemia y decidieron poner por escrito por qué llevan media vida enamorados de su profesión. El resultado no es un manual: aquí no hay fórmulas para calcular un puente ni ecuaciones para diseñar un cohete. Hay, en cambio, historias.
La estructura es sencilla y deliberadamente juguetona: veinte razones para amar la ingeniería, más una vigesimoprimera dirigida a quienes quieran ser ingenieras. Cada capítulo abre con una promesa que suele ser mitad verdad y mitad anzuelo —«un ingeniero puede hacerlo TODO», «no tendrás que trabajar nunca»— y se desarrolla desmontando su propio titular con honestidad y sentido del humor. Sí, se trabaja mucho; sí, la carrera es dura; y sí, aun así merece la pena.
El recorrido es deliberadamente amplio. Los autores rastrean los orígenes del oficio hasta los primeros homínidos que trabajaron la piedra o levantaron un puente rudimentario, pasan por los engeñeros del siglo XVI español y por la fundación de las primeras escuelas europeas en el XVIII, y explican cómo una disciplina de raíz militar se ramificó en decenas de especialidades: civil, aeronáutica, naval, química, genética, nuclear, informática. También hay espacio para salvar el mundo y para destruirlo, para volar y para navegar sin internet, para premios Nobel y superhéroes, para barcos, presas, grandes estructuras, nanotecnología y sostenibilidad.
Lo que sostiene el conjunto es la voz: cercana, irónica, capaz de saltar de Shakespeare y Newton a un búho de plástico que no consigue espantar a las palomas del balcón. Los autores cuentan sus propias trayectorias —de los sismógrafos en volcanes activos a los instrumentos que buscan planetas habitables— y se ríen de los tics gremiales, incluidos los suyos. Un prólogo recuerda que ingeniería viene de ingenio, y que ese ingenio es el mismo del niño que construía castillos de arena.
El destinatario natural es quien duda ante la elección de una carrera. Pero el libro funciona igual para el lector curioso que nunca resolvió una integral y quiere entender qué hay detrás de casi todo lo que le rodea.