Esmeralda despierta en un hospital sin saber quién es. Tres desconocidos dicen ser sus padres y su novio; le hablan de un accidente ocurrido días atrás y de una sola sobreviviente: ella.
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Esmeralda despierta en un hospital sin saber quién es. Tres desconocidos dicen ser sus padres y su novio; le hablan de un accidente ocurrido días atrás y de una sola sobreviviente: ella. Pero en su memoria rota vuelve una y otra vez el rostro de un chico de ojos color miel que nadie se atreve a nombrar. Entre silencios, evasivas y sueños que duelen como recuerdos, deberá decidir si quiere reconstruir la verdad del 20 de agosto o dejarla enterrada.
A las 10:24 de la noche, en una carretera oscura y poco transitada, un auto se sale del camino y parte una historia de amor en dos. Cinco días después, Esmeralda abre los ojos en una habitación blanca llena de flores, cartas y regalos que no reconoce, frente a tres personas que la observan como quien espera el resultado de un experimento. Un hombre le dice que es su padre, señala a una mujer de mirada fría y la llama su madre, y presenta a un joven, Evan, que se adelanta para anunciar que es su novio. Le explican que hubo un accidente y que ella sobrevivió. Nadie completa la frase: ¿sobrevivió a qué, o a quién?
Su amnesia es caprichosa y cruel. Recuerda a sus padres y su costumbre de no estar cuando hacen falta; recuerda incluso la tarde en que conoció a Evan y terminó con un pastel encima. Lo que no alcanza es el día del accidente ni el nombre del chico de sonrisa traviesa que aparece cada dos segundos en su cabeza. Solo lo encuentra dormida: en sueños vuelven la música alta, los juegos al volante, el impacto, los vidrios rotos y una promesa arrancada entre toses de sangre, «prométeme que no vas a olvidarme», imposible de cumplir para quien ya no recuerda ni cómo se llamaba.
Alrededor de esa ausencia se organiza una conspiración de silencios: médicos que hablan de terapia y de noticias que conviene dar poco a poco, unos padres que desaparecen cuando más se los necesita, un novio que la sostiene durante los ataques de pánico pero baja la mirada cuando ella pregunta detalles. Narrada en primera persona y en presente, con la respiración entrecortada de quien no confía ni en su propia cabeza, la novela alterna el pulso clínico del hospital con destellos oníricos de una relación que parece haber sido lo más real de su vida.
El resultado es un relato romántico de tono oscuro sobre la identidad como territorio en disputa: qué queda de una persona cuando le quitan su historia, cuánto duele buscar respuestas y cuánto cuesta renunciar a ellas. Porque Esmeralda quiere recordar el 20 de agosto con la misma fuerza con que quiere, simplemente, olvidar que no recuerda nada.