Dos hombres europeos recorren Irán en las semanas previas al derrumbe del régimen del sha: un decorador de interiores que narra sin comprender del todo lo que ve, y Christopher, su acompañante enfermo, brillante y cruel, al que ama sin ser…
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Dos hombres europeos recorren Irán en las semanas previas al derrumbe del régimen del sha: un decorador de interiores que narra sin comprender del todo lo que ve, y Christopher, su acompañante enfermo, brillante y cruel, al que ama sin ser correspondido. Entre hoteles modestos, controles militares y una última fiesta en una villa del norte de Teherán, la novela observa cómo el buen gusto, las marcas y las conversaciones ingeniosas siguen funcionando como lenguaje mientras el mundo que los sostenía se apaga.
La primera parte de esta novela se abre en un coche que asciende hacia Teherán a comienzos de 1979. El narrador —diseñador de interiores, aficionado a los tejidos, a los colores exactos, al rojo imposible de los retratos infantiles del Renacimiento florentino— viaja junto a Christopher, cuyas piernas supuran bajo vendajes de gasa y que insiste, contra toda evidencia, en salir esa noche. Hace más de un año que apenas tienen algo que decirse. El intercambio se ha reducido a fórmulas: reproches, ternuras defensivas, un vocabulario de zapatos Berluti y camisas idénticas que ocupa el lugar donde antes hubo intimidad.
Alrededor de ellos, el país se mueve. Rige la ley marcial desde septiembre; hay controles en los cruces, telas negras colgadas de los puentes con consignas contra América, contra Israel, contra el sha; dos camareras que gritan por el pasillo del hotel lo que Christopher ha provocado deliberadamente. El narrador registra todo esto con la misma atención con que registra el ángulo torcido de un cuadro sobre un escritorio: los signos políticos entran en su prosa como detalles decorativos, y ese desajuste —entre lo que se ve y lo que se entiende— es el procedimiento central del libro.
El centro de la primera parte es una fiesta. En una villa construida en la ladera, sobre una ciudad envuelta en neblina marrón, un anfitrión iraní reúne a noventa invitados: oficiales de uniforme blanco, una artista alemana reproducida en revistas, la cantante Googoosh, madres que se sirven cocaína delante de sus hijas, un europeo llamado Alexander que lleva una camiseta con una cruz gamada y una leyenda que promete que el sha resistirá en el 79. Las habitaciones son un compendio de gusto europeo —Arp, Baumeister, sedas crudas, una biblioteca pintada de rojo— y al narrador le producen, por primera vez en el viaje, una sensación de limpieza y de regreso a casa que él mismo no puede explicar, porque de su infancia no conserva más que un vaso de leche y el asco de su propia saliva.
Hay también un bosque de hachís detrás del jardín, una máquina victoriana de tubos de goma que el anfitrión se ceñía al cuerpo, un bofetón, una pitillera perdida. Y una frase, dicha con amabilidad entre dos sonrisas, que fecha el libro entero: será la última fiesta por mucho tiempo. Nadie parece escucharla.
Lo que sostiene el relato no es la trama sino la voz: un narrador dócil, minucioso, incapaz de nombrar la crueldad que padece y que ama, que llama trofeo a su compañero y se embellece con él. Christopher está enfermo desde antes de que el narrador lo advierta, y esa enfermedad avanza a la misma velocidad que el orden político del que ambos son huéspedes. La cita de Baudrillard que abre el volumen —la historia que al reproducirse se vuelve farsa, la farsa que al reproducirse se vuelve historia— funciona menos como epígrafe que como instrucción de lectura.
El resultado es un libro de superficies tratadas con una seriedad extrema, donde la marca de un jersey y el nombre de un escultor pesan tanto como una consigna revolucionaria, y donde el lector ve venir el desastre exactamente porque los personajes no lo ven. Una elegía escrita en el idioma del catálogo, sobre el último momento en que ese idioma pudo pronunciarse sin ironía.