En «1963: El complot», el exjefe de la Seguridad del Estado cubana Fabián Escalante Font, junto al coronel Arturo Rodríguez Mendoza, reconstruye el año más tenso de la guerra encubierta de Estados Unidos contra la Revolución cubana y…
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En «1963: El complot», el exjefe de la Seguridad del Estado cubana Fabián Escalante Font, junto al coronel Arturo Rodríguez Mendoza, reconstruye el año más tenso de la guerra encubierta de Estados Unidos contra la Revolución cubana y sostiene que el asesinato de John F. Kennedy en Dallas no puede separarse de esa trama. Publicado por Ocean Press dentro de la serie La Guerra Secreta, el libro combina memoria personal, documentación desclasificada y análisis de inteligencia para trazar el vínculo que el autor propone entre los planes de la CIA contra Fidel Castro, el exilio contrarrevolucionario y el crimen organizado. Su punto de partida es una tesis explícita: lo esencial del magnicidio sigue oculto, y este relato aspira a acercarse al nudo de la conspiración más que a cerrarlo.
El 22 de noviembre de 1963, un oficial de contrainteligencia de veintidós años interrumpe una reunión de trabajo en La Habana al conocerse la noticia del asesinato del presidente de Estados Unidos. Ese recuerdo abre «1963: El complot» y fija su tono: el de un testigo que fue también actor, y que cuatro décadas después regresa sobre sus propios apuntes para revisar lo que entonces solo pudo intuirse.
La primera parte del libro reconstruye el andamiaje de la guerra contra Cuba. Escalante recorre el deterioro acelerado de las relaciones bilaterales tras enero de 1959, el proyecto encubierto aprobado en 1960, la derrota de la brigada de exiliados en Playa Girón, la Operación Mangosta dirigida desde el Consejo Nacional de Seguridad y el desenlace de la Crisis de Octubre. Sobre ese fondo describe la formación de lo que denomina el «mecanismo cubanoamericano de la CIA»: la confluencia de oficiales de inteligencia, dirigentes del exilio y figuras del crimen organizado desplazadas de los casinos habaneros, unidos por el anticomunismo, por el dinero que circulaba en torno a la operación y, tras Bahía de Cochinos, por la convicción compartida de que Kennedy los había traicionado. El autor detalla además la estrategia de «doble vía» que atribuye a la administración en 1963 —presión subversiva y económica por un lado, exploración de negociaciones por el otro— y el modo en que esa ambigüedad agravó las tensiones con sus propios aliados.
El eje operativo del argumento es el complot AM/LASH y la figura de Rolando Cubela Secades, cuya investigación por los servicios cubanos entre 1965 y 1966 aporta al relato su material más directo: informantes infiltrados en los grupos de misiones especiales, un encuentro en Madrid, un plan de asesinato concebido en dos tiempos y una operación que se detuvo sin que sus ejecutores supieran por qué. A partir de ahí, la segunda parte se desplaza hacia Dallas y examina la construcción del «asesino solitario», el episodio mexicano, el paso de Oswald por Nueva Orleans y los intentos —que el autor considera deliberados— de implicar al gobierno cubano en el crimen. Tres anexos completan el volumen: los viajes de Jack Ruby a Cuba en 1959, una cronología de las actividades subversivas de 1963 y una relación de exiliados cubanos investigados en relación con el magnicidio.
Escalante escribe desde una posición declarada, y lo advierte sin rodeos: sus fuentes son la memoria de lo leído y escuchado durante treinta años de servicio, ya sin acceso a documentación, y los juicios que emite son de su exclusiva responsabilidad. Esa franqueza define el valor del libro. No ofrece pruebas concluyentes ni pretende ofrecerlas; ofrece la perspectiva poco frecuente de quien persiguió estas operaciones desde el otro lado, con nombres, fechas y encadenamientos que el lector puede contrastar. El resultado es a la vez crónica de contrainteligencia, alegato político y hipótesis abierta sobre uno de los episodios más disputados del siglo XX.
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