En las afueras de Madrid aparece un cuerpo descuartizado en diecinueve piezas, y mientras la selección española disputa su semifinal de la Eurocopa van surgiendo otros cadáveres marcados por esa misma cifra.
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En las afueras de Madrid aparece un cuerpo descuartizado en diecinueve piezas, y mientras la selección española disputa su semifinal de la Eurocopa van surgiendo otros cadáveres marcados por esa misma cifra. El sargento Elejalde, veterano del distrito de Usera y tan hijo de ese barrio como de la corrupción que lo sostiene, se empeña en cerrar el caso cueste lo que cueste, aunque su compañero —el cabo Ledesma, obsesionado con la teoría de un asesino en serie que llevaría años matando— amenace con desbaratarlo todo. Una novela negra sobre la descomposición moral de quienes deberían impedirla.
Un ciclista encuentra a las orillas del río Guadarrama, cerca de Majadahonda, los restos de un hombre repartidos en diecinueve piezas. Días después, un anciano de Alcalá de Henares aparece seccionado en el mismo número exacto de fragmentos, guardado en bolsas de plástico y sin una sola gota de sangre alrededor. Mientras la ciudad cuelga banderas de los balcones y los comerciantes prometen devolver el importe de los televisores si España gana la Eurocopa, la cuenta de cadáveres crece y la cifra diecinueve se repite con una insistencia que ya no parece azar.
El encargado de la investigación es el sargento Elejalde, un policía de barrio que conoce la avenida Marcelo Usera como quien conoce el pasillo de su casa: el barman que lo llama por su nombre de pila desde niño, los olores del mercado, los sobres abultados que recoge puntualmente en la barra. Porque este es un mundo donde la degradación no se detiene en la puerta de la comisaría, sino que la atraviesa y se sienta a la mesa: repartos de territorios entre compañeros, favores a cargos públicos, un capitán que zanja las conversaciones incómodas antes de que empiecen. Elejalde carga además con un duelo reciente —la muerte de Susana, su mujer— que le vacía el pecho y le exige, como una deuda con ella, cerrar este caso igual que cerró todos los anteriores: con un culpable detenido y pruebas irrefutables.
Enfrente, o más bien al lado, está el cabo Ledesma: eterno subordinado, cuerpo esmirriado inclinado sobre archivos viejos, carpetas erizadas de post-it de colores, la manía de encontrar conspiraciones en cualquier crimen vulgar. Esta vez, sin embargo, su teoría tiene una forma incómoda. Ledesma sostiene que hay un asesino en serie, que ha matado durante años y que algunos de esos expedientes ya cerrados —casos que él mismo resolvió junto a Elejalde— esconden la misma firma numérica. El sargento se niega a escucharlo. Y cuando el teléfono de Ledesma deja de dar señales de vida, esa negativa empieza a pesar como un presentimiento.
Torres Vitolas construye la novela por acumulación de voces y registros: el pensamiento nervioso de Elejalde entre cañas y aceitunas, recortes de prensa que informan con frialdad forense de lo que la ficción narra con vísceras, monólogos telefónicos donde se compra y se vende un país en dos partidos —«Hay negocio» y «No hay negocio»—, y sobre todo la voz de un niño encadenado bajo una mesa, que describe fotografías de cadáveres, palizas y ternuras torcidas con una inocencia que resulta más brutal que cualquier descripción explícita. De ese contrapunto nace la verdadera tensión del libro: no solo quién mata y por qué se repite el diecinueve, sino cuánto de lo monstruoso se ha instalado ya en lo cotidiano sin que nadie levante la voz.
Ambientada en un Madrid periférico de canteras, bares, pisos y euforia futbolística, «Diecinueve» es una novela negra de ritmo corto y frase seca, en la que el crimen funciona como radiografía social. Los partidos que avanzan hacia la final marcan el reloj de la investigación y prestan un fondo de fiesta colectiva a una historia de suciedad íntima. Y bajo todo ello late una pregunta que el lector empieza a formularse mucho antes que los personajes: cuando la policía forma parte del mismo tejido podrido que persigue, ¿qué significa exactamente resolver un caso?