Confesión desde una cárcel marroquí: un hombre reconstruye por escrito la genealogía de su propia violencia, desde la guardería hasta los dieciocho días que lo llevaron al encierro.
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Confesión desde una cárcel marroquí: un hombre reconstruye por escrito la genealogía de su propia violencia, desde la guardería hasta los dieciocho días que lo llevaron al encierro.
Un preso español encerrado en Marruecos dispone de un lápiz, un trozo de papel y todo el tiempo del mundo. Con esos tres lujos empieza a escribir, no tanto para defenderse como para entenderse: sostiene que no buscó la violencia, que fue ella la que lo encontró, y que la única forma de que el lector juzgue lo ocurrido allí es conocer primero al hombre que llegó a ese país.
Así arranca un relato en primera persona que retrocede a la infancia madrileña del narrador. Un tractor de juguete disputado a los cuatro años, la primera sangre, el descubrimiento de que someter a otro produce un placer que la memoria archiva como un reflejo. Un episodio en una piscina pública del barrio de Pacífico donde la negativa a obedecer pesa más que el miedo. Un único amigo, Julián, elevado a la categoría de igual y luego castigado con frialdad quirúrgica por una traición. Y, de fondo, una casa donde la violencia conyugal es rutina nocturna y termina un día con un padre muerto en el portal, una madre en prisión y un hijo de doce años que responde a la policía con la verdad exacta, sin una lágrima.
El narrador se examina a sí mismo con una lucidez incómoda: se sabe manipulador antes que fuerte, calcula la persuasión y reserva los golpes para cuando su cálculo falla, y no encuentra ninguna etiqueta que le encaje del todo. La obsesión por la violencia crece a la par que la del sexo —el descubrimiento involuntario de sus padres, los tocamientos en el colegio, la relación adolescente con Miriam—, y ambas quedan enlazadas en una misma manera de estar en el mundo, hecha de dignidad mal entendida y de una incapacidad radical para obedecer.
Sobre ese pasado se proyecta el presente carcelario: una rutina circular de dormir, sobrevivir y comer, con la ducha semanal como único calendario, y una pregunta que el narrador no consigue responder desde su celda: quién movía los hilos y por qué su vida giró por completo casi sin que se diera cuenta. La escritura avanza sin prisa, con humor negro, digresiones y un desprecio que no perdona a nadie, tampoco a quien la firma.
El autor advierte en una nota inicial que se trata de una obra de ficción: los lugares existen o están inspirados en lugares reales, pero los personajes y sus opiniones —incluidas las del protagonista sobre Marruecos y sobre cualquier otro asunto— son recurso literario y no representan la voz del autor ni de la editorial.