Dieciocho relatos breves que funcionan como otros tantos pasajes de ida hacia lo real: la adicción que devora a un hombre en la casa vacía de su madre, los amantes que reparten sus noches entre París y Madrid, el vigilante que sueña con…
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Dieciocho relatos breves que funcionan como otros tantos pasajes de ida hacia lo real: la adicción que devora a un hombre en la casa vacía de su madre, los amantes que reparten sus noches entre París y Madrid, el vigilante que sueña con una fortuna en Copacabana y despierta frente a sus monitores, el vengador que cobra una deuda de sangre al amanecer. Eduardo Rubio Aliaga escribe con pulso seco y giro final, atento a la soledad, el deseo y el dinero como fuerzas que ordenan la vida contemporánea.
«18 billetes a la realidad» reúne dieciocho narraciones breves unidas por una misma apuesta: mirar de frente lo que ocurre cerca, sin coartadas ni consuelos fáciles. Cada relato es un trayecto corto y con destino cierto, y el lector llega a él casi siempre por sorpresa, cuando el suelo que parecía firme se abre bajo los personajes.
El libro se abre con la agonía de un adicto que malvive entre los restos de la casa materna, incapaz de acudir siquiera al funeral de la mujer que lo crió; su única compañía, la sustancia a la que llama amiga, lo acompaña hasta el reflejo final en el estanque que él mismo construyó. De ahí el volumen salta a una noche parisina de amores paralelos, donde dos matrimonios se descomponen a la vez en un piso del centro, en el baño de un bar de las afueras y en una habitación de hotel con vistas a la Gran Vía: cuatro personas, cuatro mentiras simultáneas y una idea del afecto que no cabe en ningún papel firmado. Más adelante, un vigilante de seguridad de Sheffield hereda por azar una fortuna y la gasta en playas brasileñas, fiestas y compañías alquiladas, hasta que una sirena lo devuelve al turno de doce horas y a la cena de dos sándwiches. Una historia en dos partes sigue a un hombre que anuncia por carta la venganza que traerá la lluvia, y la cumple con la frialdad de quien ya no teme perder nada. Otras piezas se desvían hacia la comedia y el juego: dos compañeras de piso que en un ático de Santa Cruz de Tenerife organizan la fiesta que rompa por fin la rutina de los sábados.
Adicción, infidelidad, precariedad laboral, codicia, duelo y venganza se alternan con la naturalidad de quien escucha conversaciones en la calle. La prosa es directa, próxima al reportaje en los pasajes duros y sensorial en los íntimos, y cada relato se cierra con una línea que actúa como advertencia o epitafio. El resultado es un muestrario de la realidad inmediata, con personajes que compran su felicidad, la sueñan o la pierden, y una constante de fondo: casi nadie tiene a quien llamar cuando cae.
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