Tenerife, 1797: mientras la política de Godoy arrastra a España a la guerra contra Inglaterra, dos amigos de La Laguna —un cabo soñador que anhela el mar y un jornalero que solo quiere que lo dejen en paz— se ven arrastrados a defender…
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Tenerife, 1797: mientras la política de Godoy arrastra a España a la guerra contra Inglaterra, dos amigos de La Laguna —un cabo soñador que anhela el mar y un jornalero que solo quiere que lo dejen en paz— se ven arrastrados a defender Santa Cruz del ataque de Nelson.
A finales del siglo XVIII, España se debate entre alianzas que cambian de bando con la misma facilidad con que se firman tratados. La Paz de Basilea primero y el Segundo Tratado de San Ildefonso después colocan a la Corona junto a la Francia revolucionaria y frente a Inglaterra, la mayor potencia naval del planeta. En ese tablero, las islas Canarias dejan de ser un rincón apacible del Atlántico para convertirse en una pieza codiciada: escala obligada de los barcos que vienen cargados de las colonias americanas y llave estratégica para dominar el océano.
La novela se sitúa en Tenerife y arranca en agosto de 1796, cuando el general Antonio Gutiérrez, gobernador y comandante de las islas, recibe en lo alto del castillo de San Cristóbal la carta que llevaba semanas esperando: la guerra con Inglaterra es un hecho. Desde esa fortificación erizada de cañones que apuntan a la bahía, el militar burgalés empieza a calcular con qué fuerzas reales cuenta y cuánto tiempo le queda antes de tener que movilizar a un paisanaje que aún vive ajeno a todo, entretenido en ver descargar en el muelle los tesoros llegados de América.
Frente a ese pulso de despachos y baterías, la historia baja a la calle a través de dos amigos de La Laguna. Diego Correa, cabo primero del regimiento de Güímar, tiene veinticuatro años, una esposa cansada de sus fantasías y un corazón que no cabe en la isla: sueña con navíos de línea, batallas célebres y un nombre que se recuerde. Juan Salazar, Juanillo «Rastrojo», jornalero que no sabe leer ni escribir y que apenas conoce tres lugares de su propia isla, aspira a lo contrario: llevar comida a casa, que su mujer lo quiera y que nadie lo obligue a mojarse más allá de los tobillos. Sus discusiones —sobre el mar, la patria, la soldada que nunca llega y la conveniencia de subirse al monte si aparece el enemigo— dan el pulso humano a un relato que avanza hacia el desembarco.
Escrita con un estilo directo, coloquial y salpicado de humor, la obra combina la reconstrucción histórica con la novela de aventuras. Mezcla personajes documentados y figuras de ficción para contar cómo cientos de jóvenes sin instrucción militar dejaron los campos y las casas para convertirse en soldados improvisados y plantar cara a la maquinaria de guerra más eficaz de su tiempo, comandada por el marino que la historia recordaría como el gran genio naval de la época. Por debajo del relato bélico late una idea sencilla: el valor no consiste en no tener miedo, sino en sostenerse a pesar de él.