Un recorrido por la historia de las diecisiete mujeres que, después de Marie Curie, han recibido un Premio Nobel científico. El libro parte de una constatación incómoda —la abrumadora desproporción entre hombres y mujeres galardonados—…
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Un recorrido por la historia de las diecisiete mujeres que, después de Marie Curie, han recibido un Premio Nobel científico. El libro parte de una constatación incómoda —la abrumadora desproporción entre hombres y mujeres galardonados— para reconstruir, con voluntad divulgativa, las trayectorias personales e intelectuales que hay detrás de esos nombres casi siempre olvidados. La primera de esas vidas, narrada con detalle, es la de la joven polaca Maria Skłodowska, que llegó a París en 1891 sin dinero ni contactos y acabó dando nombre a la radiactividad.
Desde Hipatia de Alejandría hasta los laboratorios contemporáneos, el acceso de las mujeres al conocimiento ha sido una conquista disputada palmo a palmo. Este libro toma esa larga historia de exclusión como punto de partida y la enfoca sobre un dato concreto: en más de un siglo de Premios Nobel, apenas una minoría de los galardonados en disciplinas científicas han sido mujeres. La cifra no se presenta como denuncia abstracta, sino como una pregunta que organiza todo el volumen: quiénes fueron esas científicas, qué las movió y por qué sus nombres, salvo excepciones, se han desvanecido de la memoria común.
El prólogo funciona como ensayo introductorio y traza el mapa de una genealogía interrumpida. Aparecen Laura Bassi enseñando física en Bolonia, Émilie du Châtelet traduciendo a Newton, Caroline Herschel convertida en la primera astrónoma profesional, Ada Lovelace escribiendo páginas visionarias sobre una máquina que aún no existía. Sobre ese fondo, la autora busca los rasgos que comparten las premiadas: una curiosidad temprana y voraz, casi física; una pasión por la investigación vivida sin retórica del sacrificio; un desinterés notable por el dinero y el prestigio; y la presencia casi invariable de un padre —admirado, venerado o temido— y de un compañero científico que actuó como interlocutor, cómplice o desafío. También asoman las renuncias: la maternidad postergada o descartada, las carreras construidas sin red institucional, los laboratorios levantados por iniciativa propia.
De ese análisis colectivo el libro pasa al retrato individual, y el primero es el de Marie Curie. La narración sigue a Maria Salomea Skłodowska desde la Varsovia sometida al dominio ruso, en una familia culta y empobrecida donde la muerte de una hermana y luego de la madre marcaron a la niña que aprendió a leer sola a los cuatro años. Sigue después los años oscuros como institutriz en el campo, el amor truncado por las barreras sociales, el pacto con su hermana Bronia que retrasó una década su propio destino, y por fin la llegada a París en 1891: las buhardillas heladas del Barrio Latino, el hambre, los dos vestidos remendados y el patio de la Sorbona que había soñado desde niña.
La segunda mitad de este primer capítulo entrelaza la biografía con la ciencia. El encuentro con Pierre Curie —el físico soñador de la piezoelectricidad y del principio de simetría—, la boda sin vestido blanco cuyo regalo fueron dos bicicletas, y el nacimiento de Irène conviven con la historia de la pecblenda de Saint-Joachim, los rayos X de Röntgen y los «rayos uránicos» de Becquerel. El relato muestra cómo una tesis doctoral aún sin definir se transformó en la medición sistemática de una radiación desconocida y, con ella, en el descubrimiento que Marie bautizaría como radiactividad.
Escrito en un registro accesible, sin aparato técnico pesado pero con precisión en los conceptos, el libro combina la biografía, la historia de la ciencia y la reflexión sobre la construcción social del talento. Su tesis final es luminosa y sencilla: lo que sostuvo a estas mujeres no fue la heroicidad sino el placer de comprender, un deseo de luz que no admite fronteras.
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