Un hombre bien vestido aparece muerto de un golpe en la frente dentro de una nave vacía de la zona franca, cerrada con llave desde dentro y sin más salida que la puerta por la que nadie pudo escapar.
Descargar
Un hombre bien vestido aparece muerto de un golpe en la frente dentro de una nave vacía de la zona franca, cerrada con llave desde dentro y sin más salida que la puerta por la que nadie pudo escapar. Al frente de la investigación, el inspector jefe Brais López: hipocondríaco, mal hablado, tartamudo cuando se enfada y recién divorciado. Primera entrega de una serie negra ambientada en Nueva Gades, una Cádiz ensanchada por la ficción.
Todo empieza con una linterna de dos euros. Desde lo alto de su almacén de saldos, un comerciante de la zona franca de Nueva Gades ilumina el interior del recinto contiguo y distingue un cuerpo tendido en mitad de la nada. A partir de ese instante, la maquinaria de sirenas, atestados y burocracia se pone en marcha y la mañana de lunes de Brais López deja de parecerse a cualquier otra.
El inspector jefe llega a la escena de mal humor, empapado en sudor y en bicicleta, después de una discusión doméstica con su padre por una radio de los sesenta rescatada de la basura. Lo que encuentra dentro contradice todas las explicaciones fáciles: un varón de entre treinta y cinco y cuarenta años, barba cuidada y teñida, chaqueta, camisa y corbata, muerto por un único impacto contundente en la frente, sin heridas defensivas y sin documentación. La nave está sucia, abandonada y absolutamente vacía —ni jeringuillas ni basura, pese a la proximidad del barrio de los Mártires—, no hay rastro del arma y la única puerta apareció cerrada con llave, sin forzar. Un detalle mínimo, casi susurrado por teléfono, que se le clava en la cabeza y ya no lo suelta.
Mientras el caso se abre paso, otra obsesión le corroe por dentro: en la administración de loterías donde juega sus quinielas hay un premio de casi dos millones de euros sin reclamar desde hace tres meses, a punto de caducar, y él no encuentra sus boletos por ninguna parte. Entre el cadáver anónimo y el resguardo perdido, la novela va tejiendo dos hilos que tiran del protagonista en direcciones opuestas.
Larrán construye a Brais López como un investigador deliberadamente incómodo: metro noventa de estatura, camiseta de heavy metal, cinco días sin fumar, hipocondría permanente, un método de trabajo hecho de monólogos en voz alta y una capacidad notable para ganarse enemigos, desde el agente novato al que bautiza “el poeta” hasta el comisario de distrito que fue su compañero de promoción y ahora le pide resultados rápidos porque hay elecciones municipales cerca. A su alrededor se dibuja un coro con vida propia: el subinspector Pedro Vélez, cómplice y contrapeso; el padre gallego, republicano y aficionado a los aparatos rotos; la forense que le corrige el vocabulario en la primera frase que le dirige; el gato Calígula.
El escenario es tan deliberado como los personajes. Nueva Gades no figura en ningún mapa: es una península añadida a la vieja Gadir, una Cádiz que pudo crecer más allá de la frontera del mar, con su decadencia industrial, su turismo voraz, su levante pegajoso y su humor propio. Un territorio inventado por pura necesidad narrativa —más espacio para vivir, esconder secretos, huir y buscar— que funciona como equivalente meridional de esas ciudades ficticias que sostienen las grandes series policiales europeas.
Con un pie en el enigma de habitación cerrada y otro en la comedia costumbrista, esta primera entrega alterna la investigación con el retrato de una comisaría de distrito real, ruidosa y estrecha, y de un policía que se defiende del mundo a insultos. La pregunta que ordena el relato es sencilla y no tiene respuesta sencilla: qué hacía un hombre así, vestido de ese modo, en un lugar como aquel, y cómo salió de allí quien lo mató.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.