Julia se llamaba Crescencia y venía de un pueblo de Cuenca donde su vida ya estaba escrita: panadería, misa de domingo y boda con el novio de siempre.
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Julia se llamaba Crescencia y venía de un pueblo de Cuenca donde su vida ya estaba escrita: panadería, misa de domingo y boda con el novio de siempre. Hoy tiene el pelo fucsia, una hija de año y medio, una baja laboral que arrastra un duelo y un seudónimo con el que firma las novelas eróticas que sus padres jamás perdonarían. Cuando acepta su primera cita a ciegas con Víctor, gerente de la discoteca más grande de la capital, descubre que contarse entera puede ser más vertiginoso que cualquier escena que haya imaginado.
Antes de ser Julia fue Crescencia Royal, nombre heredado de una abuela y de una tradición que traía escrito el resto: el mostrador de la panadería familiar, la fe de cada domingo y una boda con el chico de toda la vida. Consiguió que sus padres la dejaran estudiar Magisterio en Madrid a cambio de una promesa que no llegó a cumplir. La capital le enseñó la universidad, los trabajos de madrugada, la escritura y un desamor con forma de músico que se marchó de gira sin esperar respuesta. De aquella ruptura quedó Luna, la hija que sus abuelos todavía no han querido conocer.
Rebautizada por decisión propia, Julia sostiene tres vidas a la vez: maestra en un centro de terapia ocupacional, madre a jornada completa y autora muy leída de novela romántica y erótica bajo el seudónimo de Moira Rose. Escribe de noche, mientras la niña duerme, personajes femeninos que ante todo son libres. Está de baja: la muerte repentina de una alumna delante de ella abrió un hueco que la terapia intenta ir cerrando.
La cita que por fin se concede empieza en el comedor de un gran hotel madrileño y continúa en la discoteca que dirige Víctor Alcántara: cuarenta años, un divorcio a la espalda, historia estudiada y una vida nocturna que ya le cansa. Entre platos y confidencias aparecen la ironía de ella, la franqueza de él, los prejuicios sobre el género que firma, la terapia como terreno común y un dato que Julia decide no poner sobre la mesa. Después llegan la exmujer que además es socia, los rostros conocidos del reservado, una crisis de ansiedad que la asalta al reconocer una canción y un altercado que obliga a cerrar la noche antes de tiempo.
Narrada con humor coloquial, digresiones cómplices y una voz que interpela al lector, la novela se mueve entre la comedia romántica y el retrato íntimo de lo que cuesta desobedecer al clan. Bajo la purpurina late una pregunta insistente: cuánto pesa el «qué dirán» cuando lo pronuncian quienes deberían querernos, y qué hace falta para dejar de responderlo.