Alejandra «Alexa» Ruiz es el comodín de una productora de telerrealidad en horas bajas: asistente, creativa y, si toca, limpieza. Presionada por su jefe, improvisa un formato que promete boda tras dos semanas de convivencia en una villa de…
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Alejandra «Alexa» Ruiz es el comodín de una productora de telerrealidad en horas bajas: asistente, creativa y, si toca, limpieza. Presionada por su jefe, improvisa un formato que promete boda tras dos semanas de convivencia en una villa de Malibú. El galán será Travis Clayton, una estrella de Hollywood que no cree en el amor y acepta por conveniencia. La víspera del rodaje, una baja imprevista deja el programa sin una de sus diez concursantes.
Las cifras trimestrales de Glendora Productions no dejan lugar a dudas: el último formato —un soltero recorriendo el mundo con una manada de lobos que resultaron ser perros adiestrados— ha sido un fracaso. Jacob Gibbs reúne a su equipo creativo y exige ideas nuevas, pero no demasiado nuevas. Entre ellos está Alexa, que en realidad no pertenece al equipo: es la pieza suelta que lo mismo asiste en rodaje que redacta escaletas o barre el plató. Acorralada, suelta lo primero que se le ocurre: diez mujeres, una villa, un soltero, convivencia total y altar al cabo de quince días. La ocurrencia le encanta a Gibbs con una condición: el soltero tiene que ser una estrella.
En el otro extremo de la ciudad, Travis Clayton escucha a su agente explicarle por qué necesita ese programa. Hay un papel protagonista en una superproducción romántica, un rival con mejor prensa y una agencia dispuesta a hundirle la carrera si se niega. Travis lleva años interpretando soldados, pilotos y espías, y ni un solo amante creíble: la industria lo ve frío, arrogante, incapaz de enamorarse. Una boda falsa ante las cámaras arreglaría esa imagen en un titular. Él acepta convencido de que no arriesga nada, porque hace mucho que decidió no sentir.
El primer encuentro ocurre en la villa de Malibú, entre rosales de plástico, luces de hadas y cámaras encendidas las veinticuatro horas. Travis la toma por la chica de los recados y le pide un café; Alexa responde, se traga el orgullo y aprende de golpe cuál es su lugar en la jerarquía del plató. Ninguno olvida el roce: él porque nadie le lleva la contraria, ella porque le avergüenza no haberse callado.
La víspera del estreno todo está listo: el decorado, las candidatas, el guion invisible que convertirá dos semanas de encierro en un cuento de hadas. Entonces llega una llamada desde la oficina: una de las concursantes más valiosas ha caído enferma y faltan diez minutos para maquillaje. No hay tiempo de buscar sustituta, ni de contratos, ni de controles de seguridad. Solo hay una mujer disponible, ya dentro de la casa, que conoce el formato mejor que nadie porque lo inventó ella.
Narrada a dos voces y con humor sobre la trastienda de la telerrealidad, la novela juega con la distancia entre lo que la cámara promete y lo que ocurre cuando dos personas que no se soportan deben fingir un romance.
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